martes, 24 de julio de 2012

Joaquín Sorolla, el pintor de la luz I




 Autorretrato


Joaquín Sorolla y Bastida (Valencia 1863 - Cercedilla 1923) fue un pintor español del impresionismo. Si bien nació cuando el movimiento en Francia estaba ya en pleno apogeo, reúne todas sus características: gusto por el aire libre, búsqueda de lo momentáneo y fugaz, captación de los efectos de la luz, ausencia del negro y de los contornos, y pinceladas yuxtapuestas e independientes.

Cuando apenas contaba con dos años de edad, fallecieron sus padres. Al quedar huérfanos fueron acogidos, su hermana Concha y él, por su tía Isabel, hermana de su madre, y su marido, de profesión cerrajero. Pasados los años, su tío intentó enseñarle, en vano, el oficio de la cerrajería, advirtiendo pronto que su verdadera vocación era la pintura.

Comienza sus estudios de dibujo entre 1876 y 1878 en la Escuela de Artesanos de Valencia.
A los quince años, entre 1878 y 1881, ingresaba en la Academia Provincial de Bellas Artes de San Carlos, donde estudió junto a los pintores Manuel Matoses, Benlliure o Guadalajara. Sus progresos fueron rapidísimos.

Su tío procuró atender todos los gastos de su educación artística, pero eran superiores a sus recursos económicos, y Sorolla, en la niñez aún, tuvo que pensar en pintar para vender y ayudarse en los gastos de sus estudios de arte.


Clotilde y Sorolla, 1906


Un día, vendió a un pequeño negociante de antigüedades un bodegón por la suma de 100 reales, mitad cobrados en metálico y mitad en trastos viejos. Pocos días después, un fotógrafo de Valencia, persona de gran temperamento artístico y de los primeros que en España supieron llevar la fotografía por la senda del arte, vio en casa del comerciante de antigüedades el cuadrito de Sorolla; admiró la excelencia con que estaba pintado, lo compró en unos cuantos duros, se enteró de quién era el muchacho autor de la obra y, al saber sus condiciones de vida, le tomó bajo su protección. Fue Antonio García un nuevo padre para Sorolla, quien no tuvo que preocuparse en obtener con su paleta recursos económicos para atender a sus estudios. Entró a trabajar en el estudio de fotografía y allí conoció a una hija del fotógrafo, Clotilde García del Castillo. Los dos eran adolescentes y desde entonces no se separaron.

Al acabar su formación, comenzó a enviar sus obras a concursos provinciales y exposiciones nacionales de bellas artes que pasaron inadvertidas, pues no encajaban con la pintura oficial, de temática histórica y dramática.
En 1881, visitó el Museo de El Prado y se sintió fascinado por la pintura de El Greco, Ribera y Velázquez. Comienza así su "etapa realista".
Por fin, en 1883, consiguió una medalla en la Exposición Regional de Valencia, y en 1884 alcanzó la gloria al conseguir la Medalla de Segunda Clase en la Exposición Nacional, gracias a su obra Defensa del Parque de Artillería de Monteleón, obra melodramática y oscura, realizada expresamente para la exposición. Tal y como le dijo a un colega suyo:

 “Aquí, para darse a conocer y ganar medallas, hay que hacer muertos”.



Café de París, 1881


Consigue por oposición la plaza de pensionado en la Academia Española en Roma y, una vez instalado, pasa unos meses en París, en 1885, conociendo de cerca la pintura impresionista, que produjo en él variaciones en su temática y estilo. Toma así contacto con las vanguardias europeas, destacando el impacto que le producen las obras de los pintores John Singer Sargent, Giovanni Boldini y Anders Leonard Zorn.


Clotilde en la ventana, 1888


Pintarte y amarte, eso es todo. ¿Te parece poco?

Con esta frase, escrita en una carta, resumía Sorolla el amor que sentía por su esposa Clotilde.



Clotilde en el estudio, 1890



Clotilde en la playa, 1904
  


Mi mujer y mis hijos, 1897-1898


En 1888, con algo más de 25 años, Sorolla se casa en Valencia con Clotilde García, después de un largo noviazgo.

Clotilde lo fue todo para el pintor: su esposa, su musa, su modelo favorita, la madre de sus tres hijos y hasta su minuciosa contable (Sorolla le llamaba "mi ministro de hacienda"). Con ella encontró la paz y la estabilidad que su ánimo necesitaba. Vivirán un año más en Italia, esta vez en Asís, donde pinta un buen número de acuarelas, con cuya venta atendía a su sostenimiento. 
   


Almendros de Asís


Finalizado su periodo de formación, Joaquín y su mujer se instalan en Madrid en 1889.



La madre, 1895, Museo Sorolla


En 1889 nace su hija María, en 1892 su hijo Joaquín y en 1895 su hija Elena.

En 1894 viajó de nuevo a París, donde desarrolló un estilo pictórico denominado "luminismo", debido a la extraordinaria presencia de la potente luz mediterránea en sus obras y que sería característico  a partir de entonces. Además, siguió con su pintura de denuncia social que tantos éxitos le había reportado en los últimos años, con obras como Y aún dicen que el pescado es caro (1895).

Tras muchos viajes por Europa, celebró una exposición en París con más de medio millar de obras, que le dio un reconocimiento internacional inusitado, conociéndose  por toda Europa y América. Expuso en Nueva York en 1909 y cosechó un éxito sin precedentes.

En noviembre de ese mismo año, firmó un encargo para la Hispanic Society of America por el que realizaría catorce murales que decorarían las salas de la institución: se conocen como Visión de España. Con esta obra realizada entre 1913 y 1919, de tres metros y medio de alto por setenta metros de largo, alzó un imborrable monumento a España, pues en ella se representaban escenas características de diversas provincias tanto españolas como portuguesas. Necesitó de casi todo el año de 1912 para viajar por todo el país, realizando bocetos y trabajos de costumbres y paisajes.




Retrato de la señora Pérez de Ayala


Pintando este retrato en el jardín de su casa, Sorolla sufre un ataque de hemiplejía que le deja invalidado para los pinceles. Ocurrió un 17 de junio de 1920. Por ello, la obra está sin concluir, ya que el artista no puede volver a pintar. El marido de esta señora, Ramón Pérez de Ayala, nos ha dejado testimonio escrito de este hecho.

Murió en su casa de Cercedilla el 10 de agosto de 1923. Nueve años después, su casa de Madrid fue reabierta como Museo Sorolla.




Detalle de los jardines de la casa




 Cocina y taller del pintor



Clotilde García del Castillo legó al Estado la casa familiar y sus colecciones para hacer un museo en memoria de su marido, el actual Museo Sorolla.
Una historia ejemplar de generosidad en el caso de Clotilde.

Pero además, es una historia de amor: el de Sorolla hacia su mujer (fue su modelo predilecta. Posaba continuamente para él), que se prodiga y se manifiesta en los incontables retratos y dibujos donde constantemente la representa, como digna y elegante esposa en importantes retratos, o como compañera, como musa y madre, en apuntes, esbozos y dibujos que la captan en la intimidad de la casa, en los gestos espontáneos del juego con los niños, los trabajos rutinarios de costura o los ratos distraídos de lectura; y en las cartas asiduas, cariñosas y llenas de humor, y a veces profundas, reflexivas o melancólicas que le escribía cada día que pasaba separado de ella:
"Ando cojo, me falta tu sereno juicio y tus apasionados besos. Dios quiera que algún día estas excursiones artísticas las hagamos siempre juntos".
Esta confesión forma parte de las misivas que Joaquín Sorolla le enviaba a su mujer y musa.

Y el de Clotilde hacia Joaquín, expresado no sólo en el gesto final del legado, sino en el cuidado que puso, desde el primer momento de su relación y hasta su muerte, en guardar los testimonios de su vida común y del trabajo de Sorolla: todas aquellas cartas, las fotos, las listas de los cuadros que se enviaban a las exposiciones, las cuentas, que forman parte importante de las colecciones del museo, y nos permiten hoy conocer el entramado de la vida cotidiana de Joaquín Sorolla y la sólida tierra que sostuvo su fulgurante carrera.

"Ella era su administradora, era muy organizada y muy práctica. Siempre le apoyaba y jamás le abrumaba con sus peticiones", explica Consuelo Luca de Tena, conservadora jefe del Museo Sorolla.



El rosal amarillo, Museo Sorolla


La pintura del cuadro -según su hijo Joaquín- es el rosal que plantó el propio Sorolla en su jardín, y tiene una emotiva historia: enfermó el rosal al fallecer el pintor y al morir Clotilde el rosal se marchitó.


Elena entre rosas, Museo Sorolla


Uno de los temas más recurrentes en el artista fue el jardín de su casa del paseo del General Martínez Campos, actual Museo en Madrid. Construido siguiendo sus propios deseos y diseño, este jardín rodeaba la amplia casa a la que se trasladó con su familia en 1911, cuando su reputación como pintor se hallaba en su máximo cenit.

Son su descanso las adelfas, alhelíes, rosales amarillos, entremezclados con pequeñas estatuas clásicas: columnas, azulejos de colores, tinajas y tiestos de barro. Para su construcción se había inspirado en los jardines del Alcázar de Sevilla y la Alhambra granadina.

La temática de Sorolla es variada, pero dos temas son también muy reiterativos, a parte de su familia: las playas y las costumbres y los trajes populares.

Os muestro aquellas obras que guardan relación con las costumbres y los alimentos característicos de su tierra valenciana y de otras zonas de España.

La muestra está ordenada cronológicamente y recoge "la transición de un pobre pintor que llegó a Madrid y que se abrió camino hasta ser el favorito de Alfonso XIII", como señaló el nieto del pintor.



Bodegón, 1878

  

El naranjero, 1891, Colección particular


Desde finales de 1888 a principios de 1889,  Sorolla se dedicará fundamentalmente a pintar "cuadros de género". Son temas compuestos de forma artificiosa, con una ejecución minuciosa y fina que será la antítesis de lo que caracterizará el temperamento del Sorolla maduro.

El naranjero forma parte de una serie de óleos y acuarelas con temas costumbristas valencianos; son cuadros destinados para la venta, pero con menor calidad en su ejecución. Concretamente éste lo pinta durante una corta temporada que pasa en Valencia, a su vuelta como pensionado, cuando se establece en la casa de los padres de Clotilde y en "el campet ", el huerto de naranjos que su familia política tenía a las afueras de la ciudad.

Sorolla quedó cautivado por el colorido de la naranja, que dibujaba como un elemento más de sus composiciones. La naranja simbolizaba la sensualidad mediterránea.



La lechera, 1890

   

Mondando patatas, 1891


Aunque la obra está fechada en 1891, se cree que es posterior, dadas las características.



Aún dicen que el pescado es caro, 1894, Museo del Prado


La escasez económica de sus primeros años y el rápido deseo de triunfo, provocan que se adapte a lo exigido en el mundo académico para conseguir dinero y fama. Por esto, Sorolla va a realizar sus primeras obras dentro del realismo social, que tanto gustaba a los críticos españoles en aquellos momentos. Con Aún dicen que el pescado es caro, como ya vimos, obtuvo una Medalla de Primera Clase en la Exposición Nacional de 1895. El cuadro fue adquirido por el Estado y se exhibe en el Museo del Prado.

A pesar de plasmar una temática social, Sorolla alude a uno de sus temas favoritos: los pescadores de su tierra natal, Valencia, que más tarde pintará en diferentes faenas cotidianas. Ahora, nos pone de manifiesto lo peligroso de la pesca, motivo del título de la obra.

La preocupación por la crítica social, no significa que el pintor olvide los efectos lumínicos, con importantes contrastes entre luz y sombra, aunque no muy violentos. 

La conjugación de la pintura de realismo social con la luz valenciana, hace de ésta una de las mejores obras del artista.



Pescadores valencianos, 1895



Cosiendo la vela, 1896
Museo de Arte Moderno Ca´Pesaro, Venecia


Bajo el emparrado del jardincillo de una casa de pescadores del Cabañal, la luz solar del Mediterráneo se refleja sobre la lona en llamas blancas. A la derecha del cuadro, varias jóvenes  cosen la vela; a la izquierda, un pescador, con su gran sombrero de paja, la sostiene; al fondo, otra mujer, sentada en tierra, cose también, y un anciano pescador examina lo realizado.
Tanto la lona como las pilastras del emparrado, los muros del fondo, la tierra y el verde exaltado, reflejan una luz que inunda el ambiente, convirtiendo este sencillo patio en un marco de gran belleza y profundidad, con dominio de la luz y del color, como sólo él sabía.

Sorolla la presentó en varios certámenes: obtuvo primera Medalla de Oro en la Exposición Internacional de Múnich de 1897, Gran medalla del Estado en la Exposición Internacional de Viena de 1898 y, posteriormente, en la Bienal de Venecia de 1905; gustó tanto que fue adquirida por el Ayuntamiento de la ciudad.

Es una obra muy bella.


 La comida en la barca, 1898
Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid



Comiendo uvas, 1898, Museo Sorolla



Cocina de la huerta



Transportando la uva, 1900, Museo de Bellas Artes de Asturias



Encajonando pasas, 1900, Colección privada



Los pimientos, 1903



Segadora asturiana, 1903, Museo Sorolla



Las tres velas. Pescadoras valencianas, 1903, Colección privada



El pescador, 1904, Colección privada



Aldeanos leoneses, 1907


Aldeanos leoneses, pieza de 1907 que se expuso en Londres en 1908 en una muestra realizada en las Grafton Galleries. «Esta obra, llamó poderosamente la atención al magnate americano Archer Milton Huntington, fundador de la The Hispanic Society of América». Esta exhibición sería el punto de inflexión para que Huntington contactara con Sorolla a través de Aureliano de Beruete y Moret, experto coleccionista crítico, así como un gran paisajista. «Huntington quería no sólo adquirir el hermoso trabajo de los aldeanos, sino también organizar una exposición en la propia Institución que él presidía en Nueva York», precisa Miguel Ángel Cordero, director del Batán Museo del Val de San Lorenzo, que ha ido recopilando datos, las huellas dejadas por Joaquín Sorolla en León; el director del Museo del Val, añade que fue de esta manera que se dieron los primeros pasos para que el filántropo norteamericano encargara a Sorolla sus Visiones de España, que hoy son la joya de la Hispanic Society.



Valenciana cogiendo naranjas, 1907



Esperando la pesca, 1908



Castilla. La fiesta del pan, 1913


En 1911, el mecenas y erudito Archer Milton Huntington (1870-1955) hizo a Joaquín Sorolla un encargo muy especial, que ocuparía los últimos años de la vida del artista: la decoración de la biblioteca de la Hispanic Society of America (actualmente el más importante museo de arte español fuera de España), con una serie de paneles que ilustrasen la diversidad geográfica de España.

Huntington había fundado en 1904 la Hispanic Society of America, en Nueva York, con el fin de reunir en ella su importante colección de arte español. El resultado de este encargo, fue la sala que hoy conocemos con el nombre de “Sorolla”, decorada con catorce paneles de gran formato pintados al óleo (ocupan 200 metros cuadrados). Esta serie, que el pintor empezó a esbozar en 1911, quedó concluida en 1919. Durante los ocho años que duró su ejecución, Sorolla viajó por toda España tomando apuntes y pintando. Años de duro trabajo, penosos viajes por todo el país y un esfuerzo físico y emocional que le dejó muy mermado.
Sorolla en esta época es un hombre que, entre los 48 y los 56 años de edad, viaja constantemente y  pinta al aire libre;  sube y baja incontables veces del andamio necesario para alcanzar la altura de los lienzos; soporta tanto el frío del invierno como el rabioso sol del verano valenciano, que, según afirmaba Blasco Ibáñez:

            "todos los años mataba algún trabajador del campo y todavía no ha podido con Sorolla. valeroso soldado de la pintura que, como si fuera una salamandra, se pasa el día entero entre la arena que echa fuego y el cielo que vomita llamas, sin quitasol, porque su sombra podría modificar la visión clara y precisa de la luz y los objetos, sin otro abrigo que la minúscula ala de su sombrero".

Las ausencias se hicieron interminables; Sorolla escribía cada día a Clotilde.

Victor Lorente, nieto del pintor, afirmó que "las cartas de mis abuelos Joaquín Sorolla y Clotilde muestran a dos personas enamoradas y llenas de pasión", y también el dolor de Clotilde cuando tuvo que separarse de su marido, sobre todo, cuando Sorolla tuvo que viajar por toda España para cumplir el encargo de la Hispanic Society de Nueva York y que, pese al desgarro y la soledad que sentía, Clotilde decidió que Sorolla, "más que marido, era pintor". 

Se intercambiaron un total de 601 cartas -escritas entre 1863 y 1923,  casi diariamente, cada vez que se separaban- y repasan una etapa de crecimiento para el artista como hombre y como pintor. En ellas, se aprecia su amor al trabajo y a su familia, y son también una fuente documental muy importante para datar numerosos cuadros.

Otros paneles alusivos a las tradiciones españolas relacionadas con la alimentación:



Cataluña. El pescado, 1915


Extremadura. El mercado, 1917


Ayamonte. La pesca del atún, 1919


Es un panel de casi cinco metros de longitud con una íntima relación entre el paisaje y las figuras de los pescadores. Se suma el rojo de la sangre de los pescados y el conjunto de brochazos grandes, entre los que vuelve a resaltar el brillo del blanco, color tan característico en su obra.

Esta pintura de Sorolla es una genialidad. La escena principal describe el almacenamiento de atunes recién pescados en la almadraba. El momento elegido muestra a tres hombres en el centro, que arrastran un atún gigante para colocarlo ordenadamente
junto a otros trece, que ya reposan alineados en el suelo; en una plataforma inferior, el muelle al que accede la barcaza, hay nuevos atunes de los que se ocupan un grupo de hombres. Amarradas al puerto se encuentran varias barcazas más, mientras otras, un vapor y dos veleros, circulan por el río.

Las diecisiete figuras humanas que aparecen en el cuadro, se mueven en una superficie  con un "fondo" que adquiere un protagonismo semejante al de las personas: el río Guadiana se extiende plácidamente, luminoso, brillante con sus reflejos blancos producidos por el sol en la superficie; encima del río, aparece el cielo, amarillento, como reflejo visual de todo.

El 29 de junio de 1919 comunica, primero a Clotilde y después al rey Alfonso XIII, que ha con­cluido la obra. El monarca, al que ha retratado tantas veces, incluso en cacerías invernales en las que ambos chapoteaban en el barro que les llegaba a las rodillas, responde ese mismo día con un telegrama:

                "Sea en­horabuena por haber termina­do su colosal obra, que segura­mente será admirada por las generaciones futuras como la fo­tografía pintada de la España del siglo XX antes del salto hacia arriba que seguramente dare­mos. Un abrazo. Alfonso Rey".



Clotilde y Joaquín en 1923


Sorolla, ya enfermo, acabado como pintor, pero siempre acompañado de la mujer que ama; le cuidó con devoción hasta el final, un hombre - como deja escrito Clotilde en una de sus cartas- tan completamente mío:
             «Mi querido Joaquín. He leído y releído la tuya de hoy que por todas partes rebosa cariño y me hace ser muy dichosa, pues, aunque yo por ti siento el mismo cariño, no por eso deja de asombrarme siempre y hasta algunas veces asustarme el que teniendo yo tan pocos atractivos y valiendo tú tanto por todos conceptos, sientas por mí esa pasión y seas un hombre tan completamente mío».

Y como le escribió Sorolla:

"Ya te he contado mi vida de hoy, es monótona, pero qué hacerle, siempre te digo lo mismo, pintar y amarte, eso es todo. ¿Te parece poco?".

De los cuarenta años que separan al estudiante del enfermo hemi­pléjico e incapacitado para pin­tar, veinte pertenecen a su producción de madurez; se cuentan más de 4.000 obras en su trayectoria artística, y lo convierten en uno de los grandes maestros de la historia del arte español. .

Joaquín Sorolla, el pintor de la luz, decía: "Yo pinto siempre con los ojos".

No cabe ninguna duda.






jueves, 19 de julio de 2012

Humor en la cocina






Dos hermanos gemelos  mantienen una animada conversación en la cocina, con lenguaje de bebés, de lo más normal...




martes, 17 de julio de 2012

Si a veces silencioso




Muchacha en blanco.  Edmund Tarbell


Si a veces silencioso y pensativo
a tu lado me ves, querida mía,
es porque hallo en tus ojos la armonía
de un lenguaje tan dulce y expresivo.

Y eres tan mía entonces, que me privo
hasta de oír tu voz, porque creería
que rompiendo el silencio desunía
mi ser del tuyo, cuando en tu alma vivo.

¡Y estás tan bella, mi placer es tanto,
es tan completo cuando así te miro,
siento en mi corazón tan dulce encanto,

que me parece, a veces, que en ti admiro
una visión celeste, un sueño santo
que va a desvanecerse si respiro!

Guillermo Blest Gana (1829-1905)





jueves, 12 de julio de 2012

Un salmo para cada día




Vu Cong Dien



Todos los meses recibo en mi casa la Revista El Santo, una publicación de pequeño formato realizada por la Orden de los Frailes Menores Capuchinos y que trata con claridad y solidez todos los temas religiosos, culturales y sociales, con un enfoque cristiano. La Revista no tiene otros fondos más que los que provienen de sus suscriptores y hace mucho bien en todos los hogares.

En la entrega correspondiente al mes de marzo (nº 784), leí este artículo, El fuego de la fe, que me gustaría compartir.

Comienza así:

"Para saber si uno cree en Dios, yo le preguntaría si cree en la verdad. Como la verdad, la fe se manifiesta, se impone en el calor de la palabra".
(Balmes)


Una cosa es conocer nuestro Credo cristiano y otra es conocer por experiencia a Cristo. Quien no tiene experiencia de Cristo no es creyente en profundidad.
La fe es más que un mero conocer teórico. El teólogo canadiense B. Lonergan ha subrayado que "creer es estar enamorado de Dios", y manifestarlo. Los místicos de todos los tiempos han accedido a Dios a través del amor. Para san Francisco de Asís, uno de los grandes místicos de la historia, "la suprema aspiración era imitar con toda perfección...y fervor de corazón, los pasos y doctrina de Jesucristo" (1 Cel 84). El alma de san Francisco era un maravilloso fuego de amor.


Continúa con este relato:

El sacerdote y el actor

 
Al final de una cena en un castillo inglés, un famoso actor de teatro entretenía a los huéspedes declamando textos de Shakespeare. Después de acabar la actuación, se ofreció a que le pidieran una última escena. Un tímido sacerdote preguntó al actor si conocía el salmo 22. El actor respondió: "Sí, lo conozco, pero estoy dispuesto a recitarlo solo con una condición: que después lo recite usted".
El sacerdote se sintió incómodo, pero accedió. El actor hizo una bellísima interpretación con una dicción perfecta: "El Señor es mi pastor, nada me falta..." Al final, los huéspedes aplaudieron vivamente.
Llegó el turno al sacerdote, que se levantó y recitó las mismas palabras del salmo. Esta vez, cuando terminó, no hubo aplausos, sólo un profundo silencio y el inicio de lágrimas de algún rostro. El actor se mantuvo en silencio unos instantes, después se levantó y dijo: "Señoras y señores, espero que se hayan dado cuenta de lo que ha sucedido esta noche: yo conocía el salmo, pero este hombre conoce al Pastor".
Este bello relato lo muestra Mª José Arana en su libro Dios expone parábolas a los hombres...en él vemos una fe que va más allá de la proclamación de un credo. Es una fe amorosa. Es una fe grande en Cristo. Es una fe que desborda amor y por eso precisamente es más fe. Es la auténtica fe, la fe de tantas almas sencillas, anónimas de todos los tiempos, también del nuestro.

Fr. Jesús Lucas Rodríguez García


Dedicado especialmente al blog Un salmo para el Camino por su callado y constante testimonio diario de los salmos. La imagen que encabeza el texto la he tomado de su blog. Siempre nos ofrece pinturas preciosas.

Gracias, Clarissa.
 
 
 
 
 


lunes, 2 de julio de 2012

Para el verano





Un poco tarde, pero ¡bienvenido verano!
Me  encantan estos vídeos.









domingo, 1 de julio de 2012

Callos a la leonesa

 
 
 



Callos a la leonesa al estilo de mi abuela y de mi madre.


Ingredientes para la preparación

1 kg de callos de ternera, 1 pata de ternera o novilla, 1/2 cebolla (para el guiso, y dos más para la cocción), 2 dientes de ajo, 1 cucharada sopera de harina, pimentón de la Vera, miga de pan, 2 hojas de laurel, guindilla, sal y aceite de oliva virgen.
 
 
Limpieza de los callos y la pata

Se dejan limpiar con sal y vinagre durante, aproximadamente, media hora. Se aclaran con agua. En una cazuela con agua y sal, se añaden una cebolla entera y 2 hojas de laurel. Se pone a cocer y, cuando rompa a hervir, se cambia el agua  y añadimos cebolla y otras 2 hojas de laurel.
Se deja cocer 2 horas y media en una cazuela normal (esto lo hacía mi abuela), o bien 3/4 de hora en una olla exprés. Cortamos los callos. Se reserva el caldo de cocción.
 
 
Preparación

Cazuela con aceite (en cazuela de barro de Pereruela quedan mucho mejor), media cebolla, 2 dientes de ajo y un trozo de miga de pan. Se pocha todo.
Una vez pochado, se retiran la cebolla, los ajos y el pan y se majan en el mortero. Se añade al aceite  una cucharada sopera de harina, removemos el conjunto, y  otra de pimentón. Mezclamos todo. A continuación, añadimos el majado del mortero y el caldo reservado de la cocción de los callos. Se da un hervor. Añadimos los callos y la pata, previamente cortados, y salamos, si es necesario. Añadimos guindilla (picantes están más ricos) y unas rodajas de chorizo fresco. Lo dejamos 10 minutos para mezclar los sabores.
 

 
 



domingo, 10 de junio de 2012

Exquisita belleza: "Sueño de amor"

  





En este lugar no cabe más belleza...

Vale, vale, es verdad, la belleza es infinita, un buen "trocito" de belleza...





viernes, 1 de junio de 2012

Dadles vosotros de comer...

 

 
 
 Lanfranco Giovanni, Multiplicación de panes y peces


Marcos 6, 30-44

Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: «Venid vosotros solos a un lugar solitario, para descansar un poco». Porque eran tantos los que iban y venían que no tenían tiempo para comer.
Se fueron en la barca, ellos solos, a un lugar despoblado.  Pero los vieron marchar y muchos los reconocieron, y corrieron allá a pie, de todos los pueblos, llegando incluso antes que ellos.  Al desembarcar, vio Jesús un gran gentío, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.  Como se hacía tarde, los discípulos se acercaron a decirle: «El lugar está despoblado y ya es muy tarde.  Despídelos para que vayan a los caseríos y aldeas del contorno y se compren algo de comer».

 


Jesús les replicó: «Dadles vosotros de comer». Ellos le contestaron: «¿Cómo vamos a comprar nosotros pan por valor de doscientos denarios para darles de comer?». Él les preguntó: «¿Cuántos panes tenéis? Id a ver». Cuando lo averiguaron, le dijeron: «Cinco panes y dos peces».  Jesús mandó que se sentaran todos por grupos sobre la hierba verde,  y se sentaron en corros de cien y de cincuenta.
Él tomó entonces los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los fue dando a los discípulos para que los distribuyeran. Y también repartió los dos peces entre todos.
Comieron todos hasta quedar saciados,  y recogieron doce canastos llenos de trozos de pan y de lo que sobró del pescado.  Los que comieron los panes eran cinco mil hombres.



Me acaban de enviar este vídeo: Dadles vosotros de comer.


 

martes, 22 de mayo de 2012

Caracoles guisados

 
 
 



Los pueblos anglosajones y escandinavos, consideraban el caracol como un bicho despreciable, y comerlos una bárbara costumbre de los pueblos del sur. Apicius, el insigne gastrónomo de la vieja Roma, engordaba caracoles con leche y flor de harina, siendo considerados entonces como un manjar sublime que hacia las delicias de los festines romanos, creándose granjas especializadas donde también engordaban su carne misteriosa, casi divina, con vino y salvado.
En la Edad Media fue estimado plato durante la Cuaresma.


 Para su preparación hay que atenerse a una regla de oro guardada en el siguiente refrán:
 
 "caracoles sin picante, no hay quien los aguante".  


Una receta que mi madre preparaba de vez en cuando, porque es un poco dificultosa
 Al principio no queríamos probarlos, pero ella insistía y, al final, lo consiguió, ¡nos encantaban!

 
Ingredientes:

 3 kg. de caracoles (se pueden utilizar envasados, ya limpios, pero el sabor no es el mismo, aunque evitamos todo el proceso de limpieza), 1 kg. de carne de aguja de ternera cortada en tacos, 3 dientes de ajo, 1 cebolla, pimienta negra molida, pimentón (si es de la Vera, mejor), vino blanco, perejil, 2 hojas de laurel, guindilla (si lo queremos un poco picante), 2 ó 3 huevos, sal y aceite de oliva.

 
Limpieza de los caracoles

Se dejan dos o tres días metidos en una malla con serrín (no es necesario este paso, pues también quedan limpios con el proceso siguiente).
Se dejan con sal, vinagre y agua durante aproximadamente una hora para que suelten la baba.
Se coloca una cazuela en el fuego con agua y se echan los caracoles. Cuando empieza a hervir, si el agua está verde (que lo está), se cambia el agua hasta que aparezca blanca (con dos aguas suele ser suficiente).

 
Preparación

Previamente a la limpieza de los caracoles, guisamos la carne.
En una cazuela con aceite se ponen los ajos y la cebolla picados. Se rehoga y se deja pochar. Añadimos la carne muy picadita. Salamos.
Salteamos la carne para que selle y ponemos el pimentón. Removemos y añadimos la pimienta, vino blanco, perejil picado, el laurel y la guindilla (al gusto).
 Se deja guisar a fuego lento.
Cuando la carne está guisada, añadimos los caracoles. Se rehoga y se dejan 5 minutos al fuego. Batimos 2 ó 3 huevos y los añadimos a la salsa.
 Rectificamos de sal si es necesario.
Cocemos 1/4 de hora todo junto para que el huevo impregne la salsa y los caracoles por dentro.

¡Deliciosos!
 



 

Sardinas en escabeche

 
 
 



Una receta exquisita de mi madre.

Ingredientes

 1kg de sardinas (parrochas), pimienta negra en grano (10 granos), 2 ó 3 clavos, 7 u 8 hojas de laurel, 3 dientes de ajo, 1/2 cebolla, aceite de oliva virgen, vinagre, harina, sal y agua.

Preparación

Se salan y se fríen las sardinas una vez enharinadas.
Una vez fritas, en el mismo aceite se echan los ajos partidos en láminas, la cebolla en rodajas muy finas, 7 u 8 hojas de laurel, 2 0 3 clavos y diez granos de pimienta negra. Se pocha y se añade un vaso de los de vino de aceite, 1/2 vaso de vinagre (podemos añadir un poco más, al gusto), 1/4 vaso de agua (o vino blanco). Se deja hervir.
 Se añaden las sardinas fritas y se da sólo un hervor.
Se rectifica de sal si es necesario.
Se sacan y se colocan las sardinas en una cazuela (si es de Pereruela mejor) y se añade por encima el resto (el escabeche).
Se dejan reposar 1 día (si las dejamos más días mejor, más sabrosas) para impregnarse del escabeche y ¡¡¡listas!!!
 



 

domingo, 22 de abril de 2012

Cocina y música alrededor del Titanic






En los primeros años del siglo XX los barcos constituían el único medio de transporte trasatlántico y transpacífico. Al no existir, todavía, la navegación aérea, ricos y pobres utilizaban las embarcaciones de gran calado para ir de un continente a otro. Las personas de escasos recursos, quienes emigraban de sus respectivos países en busca de mejores condiciones de vidas, solían viajar de Europa a América en esos gigantescos barcos.

Entre estos barcos, el mejor de la época, se encontraba el Titanic, un navío de colosales dimensiones, considerado prácticamente "insumergible".
El nombre de Titanic se lo dieron en homenaje a los titanes de la mitología griega, unos personajes que cometieron la osadía de desafiar a los dioses. De esta manera se quería reflejar la grandeza del transatlántico.
El 10 de abril de 1912, al filo del medio día, zarpó de Southampton (Inglaterra) rumbo a Nueva York. El costo del boleto de primera clase era de 870 libras, en tanto que el de tercera era de dos libras.




En ese barco, donde se combinaba el lujo más refinado con la elegancia nunca antes vista, viajaban 1.343 pasajeros y 885 tripulantes. En total, 2.228 personas.

En la noche del 14 de abril, a las 23:40 horas, cuando navegaba a una velocidad de casi 41 kms/hora, un iceberg de 100 metros de altura -que sobresalía dieciocho metros sobre el agua- rozó el costado de estribor del "Titanic", por muchos considerado "insumergible". El daño ocasionó la entrada de gran cantidad de agua, que fue inundando los compartimentos estancos del barco, lo que hizo pensar a los oficiales que tenían a su cargo esta nave, que zozobraría en poco tiempo. Evaluados los cuantiosos daños se tomó la decisión de bajar las 20 lanchas salvavidas, en las cuales únicamente podían tener cabida 1.178 personas, poco más de la mitad del pasaje.

En menos de tres horas el "Titanic" se partió en dos, y a las 02:20 de la madrugada, del 15 de abril de 1912, se hundió a una profundidad de casi 4.000 metros, ocasionando la muerte de 1.503 personas. De los 2.228 seres humanos que allí se encontraban únicamente sobrevivieron 705, quienes fueron llevados a Nueva York (a donde llegaron el 18 de abril). Se encontraba, en el momento del hundimiento, a 160 kilómetros al sur del Gran Banco de Terranova.

Pero¿cómo vivieron los pasajeros las horas antes del hundimiento?, ¿cómo se desarrolló su última cena?

Auguste Escoffier, el emperador de los cocineros y padre de la nouvelle cuisine, fue el encargado de diseñar la mejor de las cartas para el mejor de los buques. Los pasajeros de primera clase pudieron disfrutar, durante los días que duró el malogrado viaje (menos de cinco), de una de las mejores cocinas del mundo.


Comedor primera clase


Y a bordo del "Titanic", el segundo oficial en rango en todo el barco (su autoridad únicamente estaba precedida por la del capitán, Edward John Smith) era el jefe de cocina, Henry Tingle Wilde. El salón del restaurante principal media 35 metros de largo por 28 de ancho, y tenía capacidad para servir a 500 personas simultáneamente, y su decoración interior podía competir con la del Palacio de Versalles. En total, las cocinas del "Titanic", que eran casi cuarenta, estaban atendidas por más de cien personas, entre cocineros, ayudantes, carniceros, pasteleros, panaderos y supervisores.

Las diferencias entre el estilo de viaje de los pasajeros de primera y los de tercera clase del famoso transatlántico, eran notorias. Es evidente, por tanto, que no todos los pasajeros comieron lo mismo la noche del hundimiento. Sin embargo, a pesar de las diferencias se puede decir que todo el mundo pudo disfrutar en el Titanic de unos menús de alta calidad. 
Los pasajeros aún sorbían sus últimos cafés, los hombres apuraban su copa y su cigarro en alguno de los salones de fumadores cuando se produjo el accidente.
En las cocinas ya se estaba preparando el desayuno para el día siguiente




El menú de la última cena para los pasajeros de la primera clase la noche del hundimiento, estaba compuesto por nada más y nada menos que de nueve platos más el postre. Un alimento hoy en día tan común y popular como el pollo, no lo era tanto a principios de siglo, cuando se entendía como un artículo de lujo sólo al alcance de los que se podían permitir viajar en primera clase. Esto fue lo que se sirvió en los más lujosos platos decorados con la famosa estrella blanca:


Vajilla de la primera clase del Titanic con el emblema de la Compañía Naviera


Primer Plato
Entrantes-Ostras

Segundo Plato
Consomé Olga – Crema de cebada

Tercer Plato
Salmón al vapor con salsa muselina – Pepinillos 

Cuarto Plato 
Filete Lili
Salteado de pollo a la Lionesa
Calabacines rellenos 

Quinto Plato
Cordero con salsa de menta
Pato asado con salsa de patatas
Solomillo de ternera
Acompañamiento de patatas parisinas, guisantes, crema de zanahorias y arroz  

Sexto Plato
Sorbete de naranja

Séptimo Plato
Pichón relleno 

Octavo Plato
Espárragos a la vinagreta

Noveno Plato
Foie Gras y apio  

Décimo Plato
Tarta Waldorf
Melocotones con helado de Chartreuse
Bombones de chocolate y vainilla
Helado

En cuanto a la bebida fueron embotelladas, exclusivamente para el Titanic, cuatro mil botellas de champagne de la mejor calidad.

***

2. El menú de los pasajeros de segunda clase resultó ser tan variado como el de primera. De hecho, podría pasar por cena de lujo en cualquier restaurante de hoy en día:
Consomé Tapioca
Abadejo al horno con salsa picante
Pollo al curry con arroz
Cordero lechal con salsa de menta
Pato asado con salsa de arándanos
Acompañamiento de guisantes, puré de nabos, patatas y arroz
Pudin de ciruelas
Sandwich de coco al vino
Helado americano
Nueces
Fresas al natural
Tarta de queso
Café

***

3. Por su parte, para los pasajeros de tercera clase, en la carta se enumeraban las opciones para el desayuno, la merienda, el té, y la cena de la funesta noche.  

Desayuno
Cereales variados con leche
Hígado y bacon
Pan fresco con mantequilla
Mermelada
Café o té

Cena
Sopa de verduras
Pollo hervido con bacon y salsa Pambley
Guisantes y patatas cocidas
Pudin de ciruelas
Crema de caramelo

Merienda o té
Oxford Brown
Ensalada
Pan con mantequilla
Jamón




Schubert: Ständchen (Serenade


La música que los pasajeros de primera clase escucharon, durante el breve recorrido del "Titanic" por el Atlántico, de acuerdo a las partituras que se tiene conocimiento, fueron interpretadas por la orquesta de cuerdas (dirigida por William Hartley) integrada por siete músicos.

Entre otras melodías, interpretadas durante la última cena, figuran las siguientes: El Capitán (Sousa), Elite Syncopations (Joplin), Humoresque (Dvorak), Intermezzo (Mascagni), Ständchen (Schubert) y Wiener Blut (J. Strauss II).


Dvorak: Humoresque


La merecida fama heroica de la Wallace Hartley Band, la orquesta que tocó en el Titanic mientras se hundía, se la debemos al relato que Mary Hilda Slater hizo al Worcester Evening Gazette de Massachusetts (EE.UU.) el viernes 19 de abril 1912; sólo 24 horas después de pisar tierra. Luego otros supervivientes confirmarían que los músicos tocaron hasta la muerte.

Mary Slater dijo que el grupo tocó hasta el último instante y que incluso sus notas se podían oír mezcladas con los gritos desesperados de las víctimas. Añadió que desde el momento que el barco se golpeó con el iceberg, la Wallace Hartley Band tocó aires alegres, valses y polkas, que contribuyeron a mantener el ánimo y a que el pánico no se hiciera dueño del buque al primer instante. Tocaron incluso cuando el agua comenzaba a diluir sus partituras.
Los ocho no formaban parte de la tripulación, aunque a veces se les sume a la lista, y viajaban en segunda clase como pasajeros.
Hay alguna duda al respecto, pero lo más seguro es que la única vez que tocaron los ocho músicos juntos fue cuando el naufragio. Durante la travesía formaban un quinteto y un terceto que tocaban por separado en distintas zonas del buque, siempre por el área de primera clase.
Hay quien los presenta como héroes. Otros, como servidores que siguieron adelante con su cometido y cumpliendo con la petición que les hizo su capitán de permanecer en sus puestos. Pero para la mayoría son un ejemplo de profundo amor a la música.



Pietro Mascagni: Intermezzo




Una historia preciosa que he encontrado de una mujer superviviente del Titanic, una de las camareras.

Entre la tripulación del Titanic solo había 23 mujeres, tres de las cuales perecieron. El resto se salvó, y entre ellas estaba Violet Jessop, joven, bella y luchadora. Una mujer a la que la vida deparó un destino extraordinario, pues sobrevivió a los tres accidentes que experimentaron los tres mejores barcos de la naviera White Star o, lo que es lo mismo, quizás los tres mejores barcos de una época. Violet salió indemne en 1911 del Olympic, que casi naufragó tras un abordaje fortuito; sobrevivió al hundimiento del Titanic, en 1912, y se salvó del naufragio del Britannic, hundido en 1916 durante la Primera Guerra Mundial. Tres barcos hermanos, pertenecientes a la Clase Olympic, tres peripecias imponentes y una mujer, Violet Jessop, para contarlas.





Violet embarcó en el Titanic en Southampton vestida con un largo traje marrón. Durante el corto periodo de tiempo que pasó a bordo, conoció a Thomas Andrews, un personaje que surge en las historias del Titanic y que sabemos que alcanzó el respeto de la tripulación gracias a la propia Violet.

Andrews era un hombre de un estatus inabordable para una azafata. Era el padre del Titanic y el arquitecto jefe del astillero. Viajaba en primera clase (obviamente), tenía 39 años, era de Belfast y sobrino de lord Pirrie o, lo que es lo mismo, de la cima de la compañía constructora del barco. Pero Andrews era diferente. Violet explicó que su relación con la tripulación era mucho más próxima y amable de lo habitual al comienzo del siglo XX en aquel superclasista Reino Unido, que a bordo de sus buques exageraba aún más las distancias humanas. Andrews impresionó a Violet y a sus compañeros con su sincera atención a las sugerencias de mejoras que le comentaban los tripulantes de cualquier categoría. Violet dijo del ingeniero:

“Con frecuencia, durante las rondas nos encontramos con nuestro querido diseñador dando vueltas discretamente con cara cansada y aire de satisfacción. Siempre que nos topábamos con él, estaba dispuesto a intercambiar una palabra amable. Creo que su única pena, pues se lamentaba, es que cada día estábamos más lejos de su casa. Todos sabíamos del amor que sentía por su hogar en Irlanda y sospechábamos que deseaba volver cuanto antes”, escribió Violet en un libro de memorias.

La noche del 14 de abril, el cuarto día de navegación del viaje inaugural del Titanic, el aire al anochecer era más frío. Como cada noche antes de retirarse, Violet había salido a cubierta a tomar aire fresco, y al entrar de nuevo sintió satisfacción ante el lujo y la grandiosidad de la máquina que la albergaba. Católica devota, había leído en voz alta una oración de origen hebreo que le enseñó una anciana irlandesa. La oración la escuchaba atenta su compañera de camarote, Elizabeth Leather, ya que Violet estaba convencida de que aquella extraña plegaria la protegería del fuego y de agua. Violet estaba a punto de dormirse cuando se produjo la colisión.
“Nos dieron la orden de subir al puente y vi a los pasajeros circulando con calma, sin preocupación”.

Poco después, apoyada en un mamparo junto a otros camareros, observó absorta cómo las mujeres se despedían sobrecogidas de sus maridos antes de ser embarcadas con sus hijos en los botes de salvamento. Al poco tiempo, un oficial le ordenó embarcar también en un bote (el 16) para demostrar a las mujeres reacias que era seguro subir a bordo.
Mientras el bote era largado, un oficial la llamó desde cubierta.

–¡Miss Jessop. Tome...! Y le lanzó un bebé, que recogió sobre el regazo, de milagro…

Su compañera de camarote, Elizabeth Leather, que también había trabajado en el Olympic, dormía tan profundamente cuando se produjo la colisión que no se despertó al instante. Llegó a cubierta justo para embarcar en el bote 16.
Ambas camareras pasaron ocho horas en el mar, heladas y horrorizadas ante el drama del naufragio en el que el frío apagaba una tras otra las voces de socorro que rompían la noche, hasta que se hizo un silencio si cabe aún más sobrecogedor. Las recogió el Carpathia. Violet abrazaba al bebé contra su duro salvavidas de corcho cuando una mujer se lanzó sobre ella, le quitó la criatura y desapareció al instante. Nunca supo quién era aquella madre que ni musitó un gracias.
Violet se retiró a vivir el resto de sus días a una casita de campo ubicada en Great Ashfield, Suffolk. Ahí se dedicaría a criar gallinas, a cuidar su jardín y a rememorar las grandes aventuras que vivió a bordo de las embarcaciones que alguna vez fueron el orgullo de White Star Line. 
Una noche recibió la llamada telefónica de una mujer. La voz le preguntó si ella era Miss Jessop y si había trabajado como camarera en el malogrado transatlántico.
Con las respuestas afirmativas, la mujer al otro lado de la línea le hizo una última pregunta. Quería saber si en pleno naufragio, había cuidado a un bebé durante toda la madrugada.
Violet le dijo que sí. Le era imposible olvidarlo.
"Bueno, yo soy ese bebé. Muchas gracias", le dijo la voz, y colgó, sin darse a conocer.
Según su relato, jamás había contado esta historia a nadie.

En cuanto al amable Andrews, murió a bordo, y su cuerpo es uno de los que nunca se encontraron.
Una insuficiencia cardiaca congestiva se la llevó en 1971, a la edad de 84 años. Sus restos descansan en tierra bajo una sencilla lápida de piedra en el cementerio de Hartest, Suffolk, al noroeste de Londres. Su epitafio dice: “Violet Constanza Jessop, querida hermana, que murió el 5 de mayo de 1971 a los 84 años, fortalecida por los ritos de la Santa Madre Iglesia. Dulce Jesús, ten piedad de su alma”.

La última melodía interpretada por la orquesta





Wallace Hartley Band, la banda musical del barco, entonó, según los testimonios de los supervivientes, este himno mientras el barco se hundía: Cerca de Ti, Señor.
Es un himno cristiano del siglo XIX. Está basado en el texto del Génesis 28:11-19.
Los versos fueron escritos por la actriz británica Sarah Flower Adams (1805-1848) en 1841 en Inglaterra. Sarah escribía himnos para la Iglesia Unitaria.

Era conocido que el director de la banda, Wallace Hartley, quien se hundió con el barco al igual que todos los músicos, gustaba mucho de esta canción y había deseado que se interpretara durante su funeral. Como Wallace era británico y metodista, seguramente estaba familiarizado con las versiones del himno "Horbury" y "Propior Deo", siendo esta última la más segura que se interpretó durante el hundimiento:

Cerca de Ti, Señor, quiero morar.
Tu grande y tierno amor, quiero gozar.
Llena mi pobre ser, limpia mi corazón,
hazme Tu Rostro ver en comunión.


Pasos inciertos doy, el sol se va;
mas si contigo estoy, no temo ya.
Himnos de gratitud ferviente cantaré,
y fiel a Ti, Jesús, siempre seré.

Día feliz veré, creyendo en Ti,
en que yo habitaré, cerca de Ti.
Mi voz alabará Tu Dulce Nombre allí,
Y mi alma gozará cerca de Ti.
 






miércoles, 4 de abril de 2012

Gastronomía leonesa en la Semana Santa




La Semana Santa también es un momento de reunión familiar. Días en torno a una mesa donde la gastronomía tiene un peso notable.



Los platos más tradicionales:



 

Potaje de Cuaresma

Ingredientes
 
  500 gr. de garbanzos, 1 manojo de espinacas, 300 gr. de bacalao desmigado, 2 ajos, 1 cebolla
1 cucharada de harina, aceite de oliva virgen extra, laurel, pimentón, sal.

Preparación

Remojar los garbanzos 12 horas . Por la mañana se cuecen con bastante agua, 1 hoja de laurel y 1/2 cebolla. Hacia los 40 minutos de cocción se le agrega el bacalao, previamente desalado, las espinacas troceadas y seguir cociendo.
En una sartén se rehoga el resto de la cebolla muy picada, se añade la cucharada de harina, se remueve y se retira del fuego para añadir el pimentón (si es dulce de la Vera mejor). Se mezcla.
A continuación se añade al guiso y se cuece hasta que los garbanzos estén listos.
Servir caliente.



Aceitunas negras aliñadas

Ingredientes
 
1 lata de aceitunas (a granel son más ricas), cebolletas, pimentón, aceite de oliva virgen extra, sal.

Preparación
 
La cebolleta se trocea muy pequeña. Se añade un chorro de un buen aceite, se agrega media cuchara de café de pimentón (el dulce y un poco picante de la Vera es el mejor), y un poquito de sal.
Se añaden las aceitunas.
En casa añadimos piel de limón. 
Se dejan macerar unas horas al frío.
Se puede acompañar con chicharro escabechado, escabeche de tino" ( chicharros escabechados y en conserva en grandes recipientes que recuerdan a una cuba).
 Un manjar.

 


Limonada leonesa
 
 
Matar judíos

“Matar judíos” es una expresión leonesa que se refiere a la ingesta de limonada y que está muy relacionada con la Semana Santa.
Existen varias teorías sobre cuál es el origen de la expresión, que ha perdurado por tradición oral desde la Edad Media, pero parece evidente que tiene mucho que ver con la enconada relación en la ciudad de León entre cristianos y judíos.
 
En torno a 1320 empiezan a circular en los reinos cristianos historias de judíos que envenenaban el agua y profanaban hostias sagradas, lo que deterioró las ya difíciles relaciones entre ambas confesiones.
Así que, según se cuenta, durante las celebraciones del Viernes Santo los cristianos leoneses bajaban armados a la judería, junto al Barrio Húmedo, para vengarse de los judíos, a quienes responsabilizaban de la muerte de Cristo.
 
Para evitar la sangría, las autoridades permitieron una suave bebida alcohólica —limonada a base de vino tinto rebajado con agua, limón y azúcar— en las tabernas del camino, con la que se emborrachaban y desistían finalmente de sus intenciones.
Se trataba de una medida excepcional, puesto que durante la Pascua se prohibía todo abuso, incluidas las bebidas alcohólicas.
Otra explicación habla de una expresión de 1306, cuando Felipe IV publicó el decreto que supuso la expulsión de los judíos. “Limonada que trasiego, judío que pulverizo” podría ser la expresión original transmitida oralmente y evolucionada a nuestros días como “matar judíos”. 
 
 
 
Ingredientes
 (Para 5 l de limonada, método de prueba y error)
3 l de vino tinto (Vino de León Prieto Picudo)
1/2 l de agua
Zumo de 4 limones
2 palos de canela en rama
100 g azúcar
 
Preparación
1- Echamos el vino en un recipiente o cazuela.
2- Añadimos el agua, el zumo de limón y el azúcar.
3- Añadimos la canela.
4- Tapamos y guardamos en un lugar fresco y dejamos macerar durante un mínimo de 72 horas, removiendo de vez en cuando.
5- Pasado este tiempo probamos para comprobar si hay que añadir más agua, limón o azúcar, al gusto. 
Servimos en una jarra de cristal.


 

Semana Santa leonesa. Procesión de los Pasos. El Encuentro.
Viernes Santo




La tradición en nuestra casa:
Hay que hacer la limonada el jueves anterior al Viernes de Dolores, se prueba el Domingo de Ramos y se toma el Viernes Santo al finalizar la "Procesión de los Pasos" de León.

 

Torrijas

 
Ingredientes

Una barra de pan del día anterior (especial torrijas, rústica, campesina o similar)
1 litro de leche
1 canela en rama
1 corteza de limón
5 o 6 cucharadas grandes de azúcar
2 huevos para rebozar
azúcar y canela molida
aceite de oliva para freír

 
Preparación

1- Ponemos a cocer la leche con la rama de canela, la corteza de limón y el azúcar hasta que ésta se disuelva bien y la leche esté caliente sin llegar a hervir.
2- Cortamos la barra de pan en rodajas más o menos gruesas.
3- Empapamos bien las rebanadas de pan en leche y las dejamos reposar hasta que estén perfectamente empapadas.
4- Escurrimos el sobrante de leche de cada torrija y las pasamos por huevo batido.
5- Las freímos en abundante aceite caliente hasta que estén doradas.
6- Las sacamos, las ponemos en una fuente con papel absorbente y las espolvoreamos con azúcar mezclada con canela molida.
 Para los más golosos se pueden cubrir con miel.




Sangrecilla encebollada
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