Si el día se adelanta y precipita su sombra y ves por la ventana a los vencejos coronando la luz en su inicial caída. Si al corazón te asomas y es noche cerrada cuando el café expande su aroma evocador de otra tarde que nunca tuvo fin porque eras feliz o al menos lo sentías, espérate. Levanta la cabeza, no escribas nada. Busca paciente en la repisa un disco —por ejemplo de Scarlatti— y detente en la música: la armonía del clave, en su allegro y después en el adagio, cómo te va diciendo la manera de estar solo. Cómo dentro de ti, sin darte cuenta, vas llevando a la gente que alguna vez quisiste. Y al momento congregas, junto a la mesa de tu cuarto a una muchedumbre. Y al final de la quinta sonata, en el compás que antecede al silencio, estás hablando contigo. Pero qué compañía la de ahora: serenos arreboles, la luz amoratada. Y entonces, sí, el folio preparado y la mano dispuesta al verso que querías: nunca estaremos solos.
Pablo Moreno Prieto
Domenico Scarlatti: Sonatas para clave | K 259, K 260, K 82, K 466, K 9, K 417, K 238, K 239