su sombra
y ves por la ventana a los vencejos
coronando la luz en su inicial caída.
Si al corazón te asomas y es noche cerrada
cuando el café expande su aroma evocador
de otra tarde que nunca tuvo fin
porque eras feliz o al menos lo sentías,
espérate.
Levanta la cabeza,
no escribas nada. Busca paciente en la repisa
un disco —por ejemplo de Scarlatti—
y detente en la música: la armonía del clave,
en su allegro y después en el adagio,
cómo te va diciendo la manera de estar
solo.
Cómo dentro de ti, sin darte cuenta,
vas llevando a la gente que alguna vez quisiste.
Y al momento congregas,
junto a la mesa de tu cuarto
a una muchedumbre.
Y al final de la quinta sonata, en el compás
que antecede al silencio, estás hablando
contigo.
Pero qué compañía la de ahora:
serenos arreboles, la luz amoratada.
Y entonces, sí, el folio preparado
y la mano dispuesta al verso que querías:
nunca estaremos solos.



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