miércoles, 29 de febrero de 2012

Ainola, Aino y Jan Sibelius





El compositor finlandés de música sinfónica Johan Julius Christian Sibelius, fue uno de los más importantes del siglo XX. Nació el 8 de diciembre de 1865 en Hämeenlinna (Imperio ruso, actual Finlandia) y falleció el 20 de septiembre de 1957 en Järvenpää, Finlandia.
Jan creció huérfano pues su padre, médico ginecólogo, murió contagiado de tifus por un paciente cuando el niño apenas tenía dos años de edad.
 

 Un hecho fundamental en su vida:

Sibelius contrajo matrimonio con Aino Järnefelt en Maxmo el 10 de junio de 1892. En principio les separaban las diferencias sociales, ella era hija del general  Aleksander Järnefelt, y Jan, en aquellos momentos, sólo era un músico prometedor.


 
Lago Tuusula, cerca de Ainola


Aino decidió adquirir una casa de campo en el bosque de Järvenpää, y así alejar al compositor de la vida urbana de Helsinki. En septiembre de 1904, Sibelius se trasladó junto a su mujer y sus cuatro hijas (nacerían dos más) a la nueva vivienda, llamada Ainola en honor a su esposa, en la que residió durante el resto de su vida.

 
Ainola


En Ainola encontró el sosiego. Gran parte de sus obras maestras fueron fruto de la reflexión en torno a los bellos paisajes y a la tranquilidad de su hogar.

Buena parte de la inspiración le venía de sus largos paseos por el jardín y por la orilla del lago Tuusula, entre árboles susurrantes y el canto de los cisnes, en la más absoluta tranquilidad, bajo la atenta mirada de los bosques.
 
Con un violín bajo el brazo vagabundeaba por los bosques; se detenía de pronto y, subiéndose a una roca, tocaba con el corazón henchido de gozo. Decía:
   
 “Toco para devolver a los árboles y a los pájaros lo que ellos me han dado”
 
Las largas noches nevadas, el vuelo del cisne y de la grulla, los bosques de abedules y pinos, todo nos habla de Finlandia pero, sobre todo, es muestra del apasionado amor que el compositor tuvo siempre por la libertad. Ofreció al mundo el agua pura y cristalina de los lagos finlandeses, de la naturaleza libre e inmaculada del gran país que le vio nacer. "Otros compositores hacen una mezcla de muchos colores", solía decir,
 
 "Yo doy al mundo agua pura".
 


Cocina de Ainola


Una visita a la casa de Aino muestra que Jan heredó de su padre la austeridad que siempre le distinguió.



Comedor y chimenea verde de Ainola

 
Fue construida por el famoso arquitecto finlandés Lars Sonck.
Sibelius le hizo dos peticiones: que  la ventana de su estudio tuviera vistas al lago Tuusula, y una chimenea de color verde en el comedor. Ambas peticiones fueron atendidas.
Hoy, la sencilla casa de madera, convertida en Monumento Nacional, es lugar de peregrinaje para los amantes de la música; visita obligada para comprender mejor la música de este hombre que ya con cinco años tocaba el piano y componía.
Aino y Jan Sibelius permanecieron juntos durante 65 años. Cuando Aino cumplió los 75 años, Sibelius le dijo en la fiesta de su cumpleaños:
 
 "Tú podrías haber hallado mayor felicidad con otro; yo, nunca".

Diez años más tarde, desobedecíendo las órdenes de los médicos, Jan subió la escalera hasta la habitación de Aino y, ofreciéndole un gran ramo de rosas, le dijo:
 
 "He venido a declararme por segunda vez".

Jan falleció el 20 de septiembre de 1957 en Järvenpää, en cuyo jardín está sepultado. Aino vivió allí los siguientes doce años, hasta su muerte el 8 de junio de 1969, y fue sepultada junto a su esposo.
Erik Tawastjerna, reconocido investigador de Sibelius,  relata una cariñosa anécdota recordando su muerte:
 
“Retornaba de su acostumbrada caminata matutina. Exaltado, contó a su esposa Aino que había visto una bandada de grullas acercándose:
 «Aquí vienen, las aves de mi juventud», exclamó. De repente, uno de los pájaros abandonó la formación y voló en círculos sobre Ainola. Luego volvió a la bandada para continuar su camino. Dos días después Sibelius murió de una hemorragia cerebral”.
 

La misma Aino dejó escrita esta hermosa declaración de amor:
 
"Estoy feliz porque he sido capaz de vivir a su lado. Siento que no he vivido en vano. No digo que siempre haya sido fácil - una ha tenido que reprimir y controlar los propios deseos - pero soy muy feliz. Yo bendigo mi destino y lo veo como un regalo del cielo. Para mí la música de mi marido es la palabra de Dios, su fuente es noble, y es maravilloso vivir cerca de tal fuente".

  

Dos de sus composiciones más bellas.

Entre las Canciones de su opus 37, se encuentra “Var det en dröm?” (¿Fue un sueño?), una de las piezas vocales más famosas de Sibelius. Fue compuesta sobre un texto del poeta Josef Julius Wecksell, posiblemente el más importante escritor romántico finlandés en lengua sueca.
El compositor la dedicó a la soprano finlandesa Ida Ekman.
Cuando Sibelius entregó a Ekman el manuscrito de esta composición, le dijo:
 
 “aquí tiene mi canción más bella”



 
Var det en drom? (Was it a dream?) , Op.37, No.4


¿Fue un sueño que en una ocasión
yo era el verdadero amor de tu corazón?
Lo recuerdo como una canción callada
cuyo sonido aún continúa resonando.

Recuerdo una rosa silvestre que me regalaste,
una mirada tan tímida y tierna.
Recuerdo una brillante lágrima cuando nos separamos.
¿Todo fue un sueño?

Un sueño tan breve como la vida de una flor
en una verde pradera en primavera,
cuya belleza pronto se marchita
ante una multitud de flores nuevas.
Pero muchas noches escucho una voz
a través del torrente de mis lágrimas amargas:
Esconde este recuerdo en lo más profundo de tu corazón,
porque fue tu mejor sueño.



¿Puede un vals ser triste?

 Un aire profundamente melancólico, que evoca la muerte, una muerte plácida...
El Vals Triste de Sibelius, la belleza teñida de tristeza... dirigido por Herbert von Karajan.











viernes, 17 de febrero de 2012

El cocido de Lhardy





"... A través del espejo de Lhardy‚ nos esfumamos en la eternidad‚ entramos y salimos del más allá..."
"No podemos concebir Madrid sin Lhardy".

Azorín

 Lhardy es el primer restaurante español creado tal y como hoy lo entendemos.

Nació en 1839, de una sugerencia de Próspero Mérimée a su buen amigo Emilio Huguenin Lhardy, «porque estaba harto de no encontrar un sitio donde comer en Madrid sin ponerse perdido».
 
Emilio Lhardy introdujo en Madrid las novedades gastronómicas que deleitaron a la aristocracia romántica. Periódicamente enviaba a Paris a los cocineros y reposteros de la casa para que aprendiesen nuevas recetas de cocina, así como usos y costumbres de la Europa decimonónica de vanguardia. De este modo, se conoció la salsa del aristócrata y gran gourmet Louis Bechamel, los soufflés y el vol-au-vent, los brioches y hasta los croissant. También el popular cocido alcanzó la clase de sus salones, al tiempo que los callos a la madrileña dejaban de ser exclusivos de las clases modestas gracias al toque de distinción de Lhardy.

Parafraseando a Benito Pérez Galdós:
 
 "Lhardy vino a Madrid a poner corbata blanca a los bollos de tahona". 

En su carta se encuentran platos de la cocina internacional, como el faisán al zumo de uvas, la perdiz estofada con cebollitas francesas, el gamo a la austriaca y un Soufflé de postre. Pero, sin duda, la especialidad son los mencionados callos y el cocido a la madrileña.
A la muerte de Emilio Lhardy (cuyas cronológicas llenaron periódicos), el restaurante pasa a manos de su hijo Agustín (educado en Francia en la repostería y excelente relaciones públicas). Es él quien introduce el cocido en la carta. Se le llamó Isabelino, porque se servía en bandejas de plata (en lugar de barro). 
 


Este cocido  se presenta en dos vuelcos. Primero la sopa, perfectamente desengrasada, con sabor a carnes, legumbres y hortalizas. Y, después, los garbanzos con repollo y patata, además de gallina, pollo, falda y morcillo de vaca, tocino, punta de jamón, chorizo, salchicha trufada, morcilla y el clásico relleno. Conjunto que se adereza con aceite de oliva o salsa de tomate.




Escritores, políticos, banqueros, aristócratas, periodistas, hombres de ciencia y de toda  actividad, se dieron cita en Lhardy; por ello, es también el restaurante más veces mencionado en la literatura española. 
 
Como dijo Azorín:
 
“No podemos concebir Madrid sin Lhardy”.  

También en el Parlamento, bien para criticar, pues, sobre lo que se decía en las Cortes se especulaba en las comidas de Lhardy, bien porque los almuerzos de Lhardy sirvieron para intrigas parlamentarias. El propio Manuel Azaña, ante lo que Emilio Iglesias llamó «pacto de Lhardy», manifestó en el hemiciclo: «Las comidas de Lhardy siempre han sido famosas». Wenceslao Fernández Flórez, cronista parlamentario de ABC y habitual en el establecimiento, lo tiene recogido en su Diario de Acotaciones de las Cortes.
Pero ya mucho antes, otro de los clientes distinguidos de la primera época del restaurante, el general Prim, usó su nombre para la sublevación militar de 1866. «Manolo, vámonos que nos aguardan en Lhardy», fue la consigna al insurrecto general Pavía para iniciar la operación que, fracasada, le obligaría al exilio.
 


Son famosos también su Consomé Lhardy (apodado caldito,  y que uno mismo puede servirse desde el antiguo grifo -tipo samovar- habilitado con sus tacitas), los callos a la madrileña, o las croquetas que Alfonso XII se escapaba a comer (y que habitualmente se toman en la barra), así como sus esponjosísimos hojaldres. 

 
  

 Y en el turno de los postres: un Biscuit Glacé de vainilla, una Mousse de chocolate y trufas, Tocino de cielo, y su imprescindible Souflé sorpresa. 

Y es que :
 
"Lhardy ocupa el primer lugar en las artes de comer fino".

Benito Pérez Galdós
 


La receta del souflé sorpresa:

Ingredientes

 
Bizcocho 100 g., helado de vainilla 500g (Biscuit Glacé), claras de huevo 6 u, azúcar grano 200g, almíbar 200g, ron para calar el bizcocho.
 

    Preparación

· Se coloca el bizcocho en una fuente, se remoja con almíbar y ron y se coloca el biscuit encima.
· Se montan las claras a punto de nieve; cuando estén muy duras, se les añade el azúcar. Se cubre el helado con las claras batidas,
· Finalmente, se lustra con azúcar glas y se introduce a dorar en el horno algo menos de 5 minutos, para que el helado continúe frio y el azúcar se convierta en caramelo.

El biscuit glacée vainilla se elabora con 24 horas de antelación.
 


Salón isabelino


Lhardy fue pionero en muchas cosas; por ejemplo, en que pudieran acudir las señoras solas porque no estaba mal visto. Primero vinieron en coches de caballos hasta la puerta; los dependientes les sacaban la copita de jerez al coche; después se fueron animando y entrando.




El salón japonés es el que más secretos esconde: conspiraciones políticas, pactos, discusiones parlamentarias. Según se cuenta, fue allí donde se decidió el nombramiento de Alcalá Zamora para la presidencia de la República, y era el rincón preferido de Primo de Rivera para celebrar sus consejos de ministros. También de Isabel II (donde se reunía con sus damas para comer cocido madrileño).
 
Costumbres que hoy día nos parecen cotidianas, no se conocían en el Madrid de aquellos años, hasta que Lhardy las introdujo: el precio fijo en un menú, las minutas por escrito o las mesas separadas, fueron varias de las innovaciones que comenzaron con él.


La Carta

Entradas
Ensalada especial Lhardy
Croquetas de cocido
Pimientos del piquillo rellenos de marisco
Huevos estrellados con ibéricos
1/2 ración de callos a la madrileña
Setas con langostinos

Caldos y cremas Consomé Lhardy
Sopa marinera al Pernod

Pescados
Rodaballo con hongos de temporada
Chipirones Lhardy

Carnes y caza
Entrecôte a la Maître de Hotel
Pato silvestre al perfume de naranja
Corzo a la austriaca
Perdiz estofada con cebollitas francesas

Especialidades históricas
Callos a la madrileña
Cocido – Lhardy

Postres
Tarta de queso con arándanos
Tocino de cielo
Mousse de chocolate y trufa
Soufflé sorpresa Lhardy
Biscuit glacê con salsa de chocolate caliente
Macedonia de frutas
Torrijas a la madrileña

Vino tinto D.O. Madrid El Rincón
Vino blanco D.O. Rueda Palacio de Bornos Verdejo

 

Todo sobre el Restaurante Lhardy





lunes, 16 de enero de 2012

Amor y suflé







El amor es como un suflé —solía decir nuestra madre— algo muy,
pero que muy complicado de cocinar. Si abres el horno durante la cocción
se «resfría»; si tardas en abrirlo, se desborda. A veces queda crudo
por dentro, otras se quema, la mayoría de las veces se desinfla...
También la vida de los diplomáticos se parece a un suflé, pero por
razones distintas: aparentemente, vista desde fuera, es dorada, redonda,
bella. Huele bien y da gusto verla. Por dentro, en cambio, es otra
cosa. Y lo peor no es que esté llena de aire como maliciosamente piensan
muchos (que lo está). Lo peor es que sube y baja: un día está uno
tomando caviar en una recepción del Kremlin o el té con la reina de
Inglaterra y al siguiente comiendo un bocadillo de sardinas mientras
pega sellos en una oficinucha minúscula de un oscuro ministerio o
 haciendo los temibles "pasillos".


Hoy caviar mañana sardinas
 Gervasio Posadas y Carmen Posadas





 

viernes, 13 de enero de 2012

El té en el Arte VII




Un té en la habitación alquilada. Harold Gilman



La joven de la taza de té. Harold Gilman (s. XIX-XX. Postimpresionismo. Inglaterra)


 
Las tazas de té. Juan Gris (s. XX. Cubismo. España)



La hora del té. Henry Mitton Wilson (s. XIX. Época victoriana. Inglaterra)
 


Té en la ventana. John Michael Carter
 


El té de la mañana. John Michael Carter
 

 
La hora del té. Friederick Carl Frieseke
 


Té de la tarde en la terraza. Friedeick Carl Frieseke (s. XIX. Impresionismo. Estados Unidos, Norteamérica)



En la Glorieta. William Vincent Cahill (s. XIX. Impresionismo. Estados Unidos, Norteamérica)


 
El té de la tarde. Bjorn Thorkelson (s. XXI. Estados Unidos, Norteamérica)


 
 
Té (Madame Georges Lemmen). Georges Lemmen (s. XIX. Puntillismo. Bélgica)


 
Hora del té. Jean Metzinger (s. XX Cubismo. Francia)


 
La hora del té. Bernhard de Hoog (s. XIX. Realismo. Holanda)


 
La hora del té. George Goodwin Kilburne (s. XIX. Inglaterra)


 
El té de la tarde. Frederic Soulacroix (s. XIX. Academicismo. Italia)


 
Preparando el té. Jean Marie Bowkett (s. XIX. Inglaterra)




 

jueves, 5 de enero de 2012

Pinchos morunos





El pincho moruno original se elabora con carne de cordero, ternera o incluso pollo (nunca de cerdo), generalmente condimentada con una mezcla especial de especias (Ras el hanout), que incluyen en su composición básica: comino, orégano, cilantro, cúrcuma, alcaravea, pimentón, nuez moscada, cayena y canela entre otras. Toda esta mezcla de especias es triturada y añadida, en distintas proporciones, dependiendo del oficiante y el gusto del cocinero.



Ras al-hanut

                 
Ras al hanut, o según la más frecuente transliteración francesa ras el hanout, denominada también mezcla de especias marroquí, es una mezcla de hierbas y especias (entre 4 y 30) cuyo origen está en la cocina marroquí, aunque es empleada en otros países del Magreb. El nombre de esta mezcla, en árabe, significa literalmente la cabeza de la tienda haciendo referencia a la mejor mezcla de especias que el mercader puede ofrecer.
 
 

Tajín marroquí

Esta mixtura es típicamente utilizada en la mayoría de los tayines marroquíes (plato habitual de la cocina magrebí, que toma su nombre del recipiente de barro en forma de cono en el que se prepara), aunque se usa con frecuencia en el cuscús y otros platos.
Este recipiente es un plato de gran diámetro y, generalmente, de poco fondo, fabricado de barro cocido y barnizado y dotado de una característica tapa cónica. Esta tapa normalmente no se usa durante el proceso de cocción, sino después, para mantener el calor de los alimentos.

En casa los preparamos con la receta que nos enseñó mi cuñado, con menos especias, pero deliciosa:
 
Ingredientes
 
Una pierna de cordero de 1kg (también puede utilizarse carne de cerdo), una cucharita de orégano, 1/2 cucharita de cominos molidos, 1/2 cucharita de pimienta negra, una pizca de azafrán (o colorante), un poco de pimentón picante (opcional), aceite de oliva virgen y sal.
 

Preparación
 
Cortamos la carne en trozos de no más de tres centímetros y reservamos. Majamos todas las especias en un mortero y reservamos. Ponemos las especias en un bol y añadimos aceite y sal. Mezclamos bien y las añadimos a la carne. Mezclamos de nuevo para que se impregnen totalmente. Tapamos con film y dejamos macerar 12 horas.
Una vez macerado el conjunto, insertamos los trozos de carne en palillos para brochetas (los trozos deben quedar bien juntos). Calentamos la plancha (o barbacoa), y colocamos las brochetas sin añadir aceite, porque ya lo tenía previamente el majado.
 

Los auténticos, auténticos pinchos morunos, parece ser que llevan más especias, aproximadamente en estas cantidades:
 
 1/4 cucharita de cilantro, 1 cucharita de cúrcuma, 1/2 cucharita de ajo en polvo, 1 cucharita de jengibre, 1/2 cucharita de perejil, 1/4 cucharita de alcaravea, 1/4 cucharita de nuez moscada y 1/4 cucharita de canela en polvo.
 
 
 
 

domingo, 18 de diciembre de 2011

Historia y Literatura con el turrón

 
 
 
 
No se sabe, ciertamente, el origen del turrón, pero lo que sí es cierto es que la primera mención de la palabra turrón aparece en el año 1453, en una carta de la reina María de Trastámara a las monjas de Santa Clara.

Se cree que ya en la época griega se preparaba una pasta compuesta por frutos secos (almendra, principalmente) y mieles, la cual servía a los deportistas griegos como producto energético para participar en las Olimpiadas.
 
 


Más recientemente, se han constatado datos históricos que aseguran que el turrón ya existía en la villa de Sexona (actual Jijona) en el siglo XVI.
Fueron los árabes quienes introdujeron este dulce, y así lo reconoce el Consejo Regulador de las Indicaciones Geográficas Protegidas del Turrón de Jijona y Alicante. 
A pesar de todo, existen diferentes versiones acerca del origen del turrón.

Unas fuentes afirman que el turrón surgió tras un concurso propuesto por los árabes, en el que se trataba de buscar un alimento nutritivo, que se conservara en buenas condiciones durante una larga estancia, y que fuera transportado fácilmente por sus ejércitos sin peligro de intoxicación.
 

Otras fuentes, no obstante, afirman que el turrón surgió gracias a la elaboración por parte de un artesano de Barcelona, apellidado Turró, el cual realizó un alimento con materias primas abundantes de la región, que sería un recurso indispensable en épocas de escasez y hambrunas. Esta versión es la menos respaldada.
De todos es sabido que el consumo de turrón prácticamente se reduce a las fechas navideñas.
 
Respecto a este tema, cabe destacar un libro de Francisco Martínez Montiño titulado “Conduchos de Navidad”, que data de 1584. Su autor era el jefe de cocinas de Felipe II, y en él se reflejaba ya la costumbre de comer turrón en las fechas navideñas, allá por el siglo XVI.
 

Bodegón de dulces (detalle), segunda mitad s. XVII. Tomás Yepes. Col. particular


Parece ser que los historiadores toman como referencia tres hechos o fechas clave para datar su verdadero origen.

Una de las primeras menciones escritas a este dulce aparece en el año 1582, en un documento del municipio de Alicante que señala lo siguiente:

"De tiempo inmemorial, en cada año, se acostumbra, para fiestas de Navidad, pagar (..) sus salarios, parte en dineros y parte en un presente que se les da, de una arroba de turrones (...)".

También figura una carta firmada por Felipe II en 1595 en la que exhorta, para rebajar gastos, a:

"que en turrón y pan de higos para presentar la Navidad, prohíbo y mando que no pueda gastar esa mi ciudad [de Alicante] más de cincuenta libras cada año".

Por último, el anónimo Manual de Mujeres, del siglo XVI, aporta la primera receta que se conserva para fabricar turrón.

En cualquier caso, la costumbre de tomar turrón en Navidad se encontraba extendida por toda España en el siglo XVI, al menos entre los sectores más acomodados de la sociedad.

Parece ser que, durante los siglos XVI y XVII, el turrón se fabricaba no sólo en Jijona sino también en Alicante ciudad. En época de Carlos II, la injerencia de los gremios de pasteleros de la ciudad de Valencia sobre la regulación de la actividad del turrón en Alicante, provocó que su elaboración, en esta última ciudad, desapareciese en su mayor parte, convirtiéndose desde entonces Jijona, más alejada de la atención de las corporaciones gremiales valencianas, en el único gran centro de producción del turrón.

Como curiosidad, el azúcar fue un ingrediente que se empezó a añadir más tardíamente, ya que se empieza a mencionar para fabricar turrón sólo desde el siglo XVIII, coincidiendo con la plantación masiva de caña de azúcar en América y la extensión de la libertad de comerciar con América a un mayor número de puertos españoles, entre ellos al puerto de Alicante.
En Jijona, existe una leyenda que nos narra, a modo de cuento, cómo se originó el turrón:

Por aquellos tiempos, el Rey contrajo matrimonio con una princesa escandinava, por lo cual ésta tuvo que venir a estas tierras dejando atrás su frío país de origen. La princesa se sintió muy triste al no poder disfrutar de los bellos paisajes de su país llenos de nieves perpetuas. El rey, desesperado por ver a la nueva reina decaída, para evitar su tristeza, tuvo la idea de plantar por todos sus territorios, alrededor del castillo, miles de almendros. De este modo, cuando los almendros florecieron, sembraron el paisaje de tonalidades blancas, de tal modo que todo parecía nevado, y la princesa volvió a recuperar su felicidad. Los habitantes de Jijona, a partir de ese momento, aprendieron a recoger los frutos de los almendros y a tratarlos, elaborando así las primeras muestras de turrón y derivados.

En la "Crónica de la Muy Ilustre, Noble y Leal Ciudad de Alicante" del deán Bendicho escrita en el siglo XVII se dice:
El turrón que comúnmente dicen de Alicante que fabricándose solo de miel y almendras, parecen sus trozos jaspes blancos. Si bien ya empezaba el de yema tostada.

Actualmente, España es el primer productor mundial de turrón, mazapán y dulces de Navidad. En 1992, se exportaron 1.400 toneladas de turrón de Jijona casi exclusivamente a Iberoamérica. También están penetrando con mucho éxito en Extremo Oriente y Japón e incluso en países con gran tradición exportadora de dulces como Reino Unido, Alemania y Francia.
Hay muchos ejemplos de este dulce citados en toda la literatura y su realización es la misma a lo largo de la historia; poco ha cambiado su composición. Así lo documentan todos los libros de cocina del momento. Muchas eran las clases de turrón, el más sencillo era el denominado turrón común.


 
Miguel de Cervantes. Retrato atribuido a Juan de Jáuregui

 Cervantes nos cita el famoso turrón de Alicante en Los Rufianes:

"Hay conejo empanado/ por mil partes traspasado/ con saetas de tocino/ blanco el pan, aloque el vino/ y hay turrón alicantino".
 
 Existen también menciones en Rojas Villandrando, o Juan Rufo:

Goza de todas las frutas,
comiendo las más gustosas;
es amiga del buen pan,
del buen vino y buenas ollas,
del turrón y mermeladas,
de arrope, miel y meloja,
de tortadas, manjar blanco,
y de nada nada escota.

 (Agustín de Rojas. Viaje entretenido)
 
Y porque mejor me admitas
de tus gustos a la parte,
cien melcochas pienso darte
y avellanas infinitas.
Mazapanes y turrón,
dátiles y confitura,
y, entre alcorzada blancura,
el rosado canelón.
Mas cuando sufra tu edad
tratar de mayores cosas,
con palabras amorosas,
te enseñaré la verdad.
 (Juan Rufo. Obra en verso)
 




Lope de Vega, siempre fuente de referencias gastronómicas del Siglo de Oro, cita el turrón en "Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos". En uno de los diálogos, uno de los personajes asegura:

Yo le llevaré de un año
un lechón de mi tamaño,
que el Rey le pueda comer.
Y yo, porque es justo hacer
torrijas a la parida,
miel de romero escogida,
con una cesta de huevos.
Yo a los ángeles mancebos,
pan de higos y turrón.
Pastores, Dios ha nacido,
venid, todos, que ha venido
el cordero de Sión.

Égloga I Al nacimiento de nuestro Señor



 Tirso de Molina, en "El amor médico", hace referencia al turrón de Alicante:

TELLO: Derrítese el sebo luego.

 GASPAR: ¿ Entiéndesle ?

 TELLO: Como a un griego.

 GASPAR: Un almíbar es todo él.

 TELLO: Deja, probaré a entenderle.

Lee Tello

"Turrón cante..."

 GASPAR: ¡ Qué ignorante ! 

 TELLO: Esto es turrón de Alicante
 



Francisco de Quevedo. Retrato atribuido a Juan van der Hamen o a Velázquez
 
 
Quevedo la hace en la satírica, hiriente y políticamente incorrecta "Prematica que han de guardar las hermanitas del pecar":
 "Las fregonas en común valen a media en turrón en el campo, a pastel de ocho en casa, a fruta una libra en verano..."
 
En su obra "Calendario nuevo del año y fiestas que se guardan en Madrid", expresa:

Diciembre, con Navidad,
todas las pascuas refresca,
y entre turrón y aguinaldos,
cualquier dinero se abrevia.
 


En tiempos de Quevedo, las gallegas servían de criadas, y los satíricos se burlaban de ellas por considerarlas sucias, estúpidas y feas:

Con un cuarto de turrón
y con gragea,
goza un Píramo, barata,
cualquiera Tisbe gallega.

Si tomares mis consejos,
Perico, que Dios mantenga,
vivirás contento y rico
sobre la haz de la tierra.

Si no, veráste comido
de tías, madres y suegras,
sin narices y con parches,
con unciones y sin cejas.
 
 
Una de las primeras menciones escritas al turrón se encuentra en el drama del dramaturgo sevillano Lope de Rueda, Los lacayos ladrones, publicada en 1541: la trama de la obra consiste, en la riña de un amo con sus criados porque éstos se han comido su libra de turrones de Alicante que estaban encima del escritorio. También Luís Quiñones de Benavente,  confirma esa antigüedad del turrón, en las letras y las mesas, más allá de los recetarios de la época.
 
En época más reciente,  la lectura entretenidísima de "Un siglo de poesía satírico burlesca, 1832-1932", del salmantino José Luís Rodríguez de la Flor. Uno de los citados en la obra es José María Villergas, que, alrededor del turrón, compone unas rimas divertidas y críticas que arrancan así: 

"Digo a ustedes que me agrada
ver la gente entusiasmada
¿qué causa su animación?
 ahí es nada
que llega la temporada del turrón".
 
 

 
 
 
 
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