martes, 21 de julio de 2015

Correo ordinario

 
 
 
 
 


Me ha llegado tu carta: largos besos
desde esas vacaciones lejanas. Y con ella
cuántos momentos tuyos. Te imagino escribiéndola
al pie de la araucaria (si era por la mañana;
si por la tarde, dentro -porque hará algo de fresco-,
frente a aquellas estampas tirolesas
-castillos y neveros ya un poco apolillados-).
Si fue por la mañana, alguna mariposa
blanca, de las que van
en busca de las coles, cruzaría
sobre algunos de esos "te quiero" o "ya muy pronto"
con esta letra loca en la que ahora
mi ojos, no sé cómo, oyen tu voz.
Después habrás bajado -abanicándote
con la carta, estoy viéndote- el sendero
orlado de manzanos (qué ácidas y raquíticas
esas manzanas, y mi madre que decía
que no las conocía mejores), habrá vuelto
a rechinar de orín la vieja cancela
y habrás seguido por el viejo asfalto
pálido y corroído.
A sus orillas, en algunos campos
hay gente trabajando. Os saludáis, les dices
algo metereológico
o cualquier comentario sobre el perro
que se puso a ladrarte -conozco bien tu estilo-,
y llegas al buzón, en cuyas fauces
dejas -adiós- la carta.
                                               De regreso,
el paisaje de siempre te parece más claro,
todo en ti va diciendo
que el tiempo es delicioso, y qué agradable
paseo. Y vas subiendo de vuelta a tus cosas,
soñando dónde y cómo abriré yo la carta,
en qué rincón me sentaré a leerla,
qué música de fondo le habré puesto,
qué clase de sonrisa dibujará en mi cara,
cómo sueño que sueñas que te sueño...

Gracias, amor, por no querer e-mail.

Miguel d'Ors




 

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