Te ha sido dado contemplar la luna que brilló sobre el túmulo de Anquises. Te ha sido dado contemplar el cielo que Eneas vio a través de las columnas del templo inacabado de Segesta. Te ha sido dado el mar Mediterráneo, el hondo anhelo que impulsó a Virgilio, el hondo anhelo que impulsó a los dárdanos. Te ha sido dada el alma para ver. Te ha sido dado el Reino de Estrellas.
“Danos, Poesía, ligereza sin frivolidad y gracia sin vulgaridad, ambigüedad sin confusión y hondura sin hermetismo, inteligencia sin aridez y emoción sin patetismo, biografía sin banalidad y trascendencia sin afectación. Dánosle hoy un discurso ordenado y lúcido, preciso y bello, claro y sugerente, no balbuceos chamánicos, ni circunloquios etílicos, ni absortos egotismos, ni puzles semánticos. Poesía, líbrame de la incompetencia lingüística disfrazada de experimento gramatical y aparta de mí el cáliz de la pereza mental servida como hallazgo surrealista”.
Me pasa como al niño cumpleañero a quien lo colman tanto de regalos que ya no sabe qué decir ni hacer. Ese eres Tú, Señor, agasajándome: para mí todo te parece poco. Ya eran excesivas las estrellas, pero Tú no, Tú a regalar la luna, el sol, el agua, el árbol; y venga a darme más: el bien, la vida, mi familia, mis ojos. Y yo abriendo, abriendo y arrumbando en un rincón. ¡Que yo no sé jugar a tantas cosas! No voy a hacerles caso ni a cuidarlas. ¿No ves que soy un niño?