lunes, 23 de julio de 2012

Joaquín Sorolla, el pintor de la luz I





 Autorretrato



Joaquín Sorolla y Bastida (Valencia 1863 - Cercedilla 1923) fue un pintor español cultivador del impresionismo. Si bien nació cuando el movimiento en Francia estaba ya en pleno apogeo, reúne todas sus características: gusto por el aire libre, búsqueda de lo momentáneo y fugaz, captación de los efectos de la luz, ausencia del negro y de los contornos, y pinceladas yuxtapuestas e independientes.

Cuando apenas contaba con dos años de edad, fallecieron sus padres. Al quedar huérfanos fueron acogidos, su hermana Concha y él, por su tía Isabel, hermana de su madre, y su marido, de profesión cerrajero. Pasados los años, su tío intentó enseñarle, en vano, el oficio de la cerrajería, advirtiendo pronto que su verdadera vocación era la pintura.

Comienza sus estudios de dibujo entre 1876 y 1878 en la Escuela de Artesanos de Valencia.
 
A los quince años, entre 1878 y 1881, ingresaba en la Academia provincial de Bellas Artes de San Carlos, donde estudió junto a los pintores Manuel Matoses, Benlliure o Guadalajara. Sus progresos fueron rapidísimos.
Su tío procuró atender todos los gastos de su educación artística, pero eran superiores a sus recursos económicos, y Sorolla, en la niñez aún, tuvo que pensar en pintar para vender y ayudarse en los gastos de sus estudios de arte.




Clotilde y Sorolla, 1906



Un día vendió a un pequeño negociante de antigüedades un bodegón por la suma de 100 reales, mitad cobrados en metálico y mitad en trastos viejos. Pocos días después, un fotógrafo de Valencia, persona de gran temperamento artístico y de los primeros que en España supieron llevar la fotografía por la senda del arte, vio en casa del comerciante de antigüedades el cuadrito de Sorolla; admiró la excelencia con que estaba pintado, lo compró en unos cuantos duros, se enteró de quién era el muchacho autor de la obra y, al saber sus condiciones de vida, le tomó bajo su protección. Fue Antonio García un nuevo padre para Sorolla, quien no tuvo que preocuparse en obtener con su paleta recursos económicos para atender a sus estudios. Entró a trabajar en el estudio de fotografía y allí conoció a una hija del fotógrafo, Clotilde García del Castillo. Los dos eran adolescentes y desde entonces no se separaron.

Al acabar su formación, comenzó a enviar sus obras a concursos provinciales y exposiciones nacionales de bellas artes que pasaron inadvertidas, pues no encajaban con la pintura oficial, de temática histórica y dramática.
 
En 1881, visitó el Museo de El Prado y se sintió fascinado por la pintura de El Greco, Ribera y Velázquez. Comienza así su "etapa realista".
Por fin, en 1883, consiguió una medalla en la Exposición Regional de Valencia y, en 1884, alcanzó la gloria al conseguir la Medalla de segunda clase en la Exposición Nacional gracias a su obra Defensa del Parque de Artillería de Monteleón, obra melodramática y oscura, realizada expresamente para la exposición. Tal y como le dijo a un colega suyo:

 “Aquí, para darse a conocer y ganar medallas, hay que hacer muertos”.




Café de París, 1881

 
Consigue por oposición la plaza de pensionado en la Academia Española en Roma y, una vez instalado, pasa unos meses en París, en 1885, conociendo de cerca la pintura impresionista, que produjo en él variaciones en su temática y estilo. Toma así contacto con las vanguardias europeas, destacando el impacto que le producen las obras de los pintores John Singer Sargent, Giovanni Boldini y Anders Leonard Zorn.




Clotilde en la ventana, 1888


Pintarte y amarte, eso es todo. ¿Te parece poco?

Con esta frase, escrita en una carta, resumía Sorolla la pasión que sentía por su esposa Clotilde.
 



Clotilde en el estudio, 1890





Clotilde en la playa, 1904

  


Mi mujer y mis hijos, 1897-1898
 
 
En 1888, con algo más de 25 años, Sorolla se casa en Valencia con Clotilde García, después de un largo noviazgo.
Clotilde lo fue todo para el pintor: su esposa, su musa, su modelo favorita, la madre de sus tres hijos y hasta su minuciosa contable (Sorolla le llamaba "mi ministro de hacienda"). Con ella encontró la paz y la estabilidad que su ánimo necesitaba. Vivirán un año más en Italia, esta vez en Asís, donde pinta un buen número de acuarelas, con cuya venta atendía a su sostenimiento. 
 
 
 
 


Almendros de Asís
 
 
 
Finalizado su periodo de formación, Joaquín y su mujer se instalan en Madrid en 1889.





La madre, 1895. Museo Sorolla

 
En 1889 nace su hija María, en 1892 su hijo Joaquín y en 1895 su hija Elena.

En 1894 viajó de nuevo a París, donde desarrolló un estilo pictórico denominado "luminismo", debido a la extraordinaria presencia de la potente luz mediterránea en sus obras y que sería característico  a partir de entonces. Además, siguió con su pintura de denuncia social que tantos éxitos le había reportado en los últimos años, con obras como Y aún dicen que el pescado es caro (1895).

Tras muchos viajes por Europa, celebró una exposición en París con más de medio millar de obras, que le dio un reconocimiento internacional inusitado, conociéndose  por toda Europa y América. Expuso en Nueva York en 1909 y cosechó un éxito sin precedentes.

En noviembre de ese mismo año, firmó un encargo para la Hispanic Society of America por el que realizaría catorce murales que decorarían las salas de la institución: se conocen como Visión de España. Con esta obra realizada entre 1913 y 1919, de tres metros y medio de alto por setenta metros de largo, alzó un imborrable monumento a España, pues en ella se representaban escenas características de diversas provincias tanto españolas como portuguesas. Necesitó de casi todo el año de 1912 para viajar por todo el país, realizando bocetos y trabajos de costumbres y paisajes.


 


Retrato de la señora Pérez de Ayala


Pintando este retrato en el jardín de su casa, Sorolla sufre un ataque de hemiplejía que le deja invalidado para los pinceles. Ocurrió un 17 de junio de 1920. Por ello la obra está sin concluir, ya que el artista no puede volver a pintar. El marido de esta señora, Ramón Pérez de Ayala, nos ha dejado testimonio escrito de este hecho.


Murió en su casa de Cercedilla el 10 de agosto de 1923. Nueve años después, su casa de Madrid fue reabierta como Museo Sorolla.






Detalle de los jardines de la casa
 
 





 Cocina y taller del pintor



Clotilde García del Castillo legó al Estado la casa familiar y sus colecciones para hacer un museo en memoria de su marido, el actual Museo Sorolla.
 
Una historia ejemplar de generosidad en el caso de Clotilde.

Pero además, es una historia de amor: el de Sorolla hacia su mujer (fue su modelo predilecta. Posaba continuamente para él), que se prodiga y se manifiesta en los incontables retratos y dibujos donde constantemente la representa, como digna y elegante esposa en importantes retratos, o como compañera, como musa y madre, en apuntes, esbozos y dibujos que la captan en la intimidad de la casa, en los gestos espontáneos del juego con los niños, los trabajos rutinarios de costura o los ratos distraídos de lectura; y en las cartas asiduas, cariñosas y llenas de humor, y a veces profundas, reflexivas o melancólicas que le escribía cada día que pasaba separado de ella:
"Ando cojo, me falta tu sereno juicio y tus apasionados besos. Dios quiera que algún día estas excursiones artísticas las hagamos siempre juntos".

Esta confesión forma parte de las misivas que Joaquín Sorolla le enviaba a su mujer y musa.

Y el de Clotilde hacia Joaquín, expresado no sólo en el gesto final del legado, sino en el cuidado que puso, desde el primer momento de su relación y hasta su muerte, en guardar los testimonios de su vida común y del trabajo de Sorolla: todas aquellas cartas, las fotos, las listas de los cuadros que se enviaban a las exposiciones, las cuentas, que forman parte importante de las colecciones del museo, y nos permiten hoy conocer el entramado de la vida cotidiana de Joaquín Sorolla y la sólida tierra que sostuvo su fulgurante carrera.

"Ella era su administradora, era muy organizada y muy práctica. Siempre le apoyaba y jamás le abrumaba con sus peticiones", explica Consuelo Luca de Tena, conservadora jefe del Museo Sorolla.




El rosal amarillo. Museo Sorolla




La pintura del cuadro -según su hijo Joaquín-  es el rosal que plantó el propio Sorolla en su jardín, y tiene una emotiva historia: enfermó el rosal al fallecer el pintor y al morir Clotilde el rosal se marchitó.



Elena entre rosas. Museo Sorolla





Uno de los temas más recurrentes en el artista fue el jardín su casa del paseo del General Martínez Campos, actual Museo en Madrid. Construido siguiendo sus propios deseos y diseño, este jardín rodeaba la amplia casa a la que se trasladó con su familia en 1911, cuando su reputación como pintor se hallaba en su máximo cenit.

Son su descanso las adelfas, alhelíes, rosales amarillos, entremezclados con pequeñas estatuas clásicas: columnas, azulejos de colores, tinajas y tiestos de barro. Para su construcción se había inspirado en los jardines del Alcázar de Sevilla y la Alhambra granadina.

La temática de Sorolla es variada, pero dos temas son también muy reiterativos, a parte de su familia: las playas y las costumbres y los trajes populares.
 
Os muestro aquellas obras que guardan relación con las costumbres y los alimentos característicos de su tierra valenciana y de otras zonas de España.

La muestra está ordenada cronológicamente y recoge "la transición de un pobre pintor que llegó a Madrid y que se abrió camino hasta ser el favorito de Alfonso XIII", como señaló el nieto del pintor.



 
Bodegón, 1878

 
  
 

El naranjero, 1891. Colección particular



Desde finales de 1888 a principios de 1889,  Sorolla se dedicará fundamentalmente a pintar "cuadros de género. Son temas compuestos de forma artificiosa, con una ejecución minuciosa y fina que será la antítesis de lo que caracterizará el temperamento del Sorolla maduro.

El naranjero forma parte de una serie de óleos y acuarelas con temas costumbristas valencianos; son cuadros destinados para la venta, pero con menor calidad en su ejecución. Concretamente éste lo pinta durante una corta temporada que pasa en Valencia, a su vuelta como pensionado, cuando se establece en la casa de los padres de Clotilde y en "el campet ", el huerto de naranjos que su familia política tenía a las afueras de la ciudad.

Sorolla quedó cautivado por el colorido de la naranja, que dibujaba como un elemento más de sus composiciones. La naranja simbolizaba la sensualidad mediterránea.

 
 
 
La lechera, 1890

 
  
 

Mondando patatas, 1891



Aunque la obra está fechada en 1891, se cree que es posterior, dadas las características.


Aún dicen que el pescado es caro, 1894. Museo del Prado



La escasez económica de sus primeros años y el rápido deseo de triunfo, provocan que se adapte a lo exigido en el mundo académico para conseguir dinero y fama. Por esto, Sorolla va a realizar sus primeras obras dentro del realismo social, que tanto gustaba a los críticos españoles en aquellos momentos. Con Aún dicen que el pescado es caro, como ya vimos, obtuvo una Medalla de Primera Clase en la Exposición Nacional de 1895. El cuadro fue adquirido por el Estado y se exhibe en el Museo del Prado.
A pesar de plasmar una temática social, Sorolla alude a uno de sus temas favoritos: los pescadores de su tierra natal, Valencia, que más tarde pintará en diferentes faenas cotidianas. Ahora, nos pone de manifiesto lo peligroso de la pesca, motivo del título de la obra.

La preocupación por la crítica social, no significa que el pintor olvide los efectos lumínicos, con importantes contrastes entre luz y sombra, aunque no muy violentos. 

La conjugación de la pintura de realismo social con la luz valenciana, hace de ésta una de las mejores obras del artista.



Pescadores valencianos, 1895




Cosiendo la vela, 1896
Museo de Arte Moderno Ca´Pesaro, Venecia


 
Bajo el emparrado del jardincillo de una casa de pescadores del Cabañal, la luz solar del Mediterráneo, se refleja sobre la lona en llamas blancas. A la derecha del cuadro, varias jóvenes  cosen la vela; a la izquierda, un pescador, con su gran sombrero de paja, la sostiene; al fondo, otra mujer, sentada en tierra, cose también, y un anciano pescador examina lo realizado.
Tanto la lona como las pilastras del emparrado, los muros del fondo, la tierra y el verde exaltado, reflejan una luz que inunda el ambiente, convirtiendo este sencillo patio en un marco de gran belleza y profundidad, con dominio de la luz y del color, como sólo él sabía.

Sorolla la presentó en varios certámenes: obtuvo primera Medalla de Oro en la Exposición Internacional de Munich de 1897, Gran medalla del Estado en la Exposición Internacional de Viena de 1898 y, posteriormente, en la Bienal de Venecia de 1905;  gustó tanto que fue adquirida por el Ayuntamiento de la ciudad.

 
Es una obra muy bella.

 

La comida en la barca, 1898
Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid
 
 
 

Comiendo uvas,1898. Museo Sorolla

  

Cocina de la huerta

 

Transportando la uva, 1900. Museo de Bellas Artes de Asturias

 
 

Encajonando pasas, 1900. Colección privada



Los pimientos, 1903
 
 
 
Segadora asturiana, 1903. Museo Sorolla
 

Las tres velas. Pescadoras valencianas, 1903. Colección privada




El pescador, 1904. Colección privada


 
Valenciana cogiendo naranjas, 1907


 
Esperando la pesca, 1908

 
Castilla. La fiesta del pan 1913. Hispanic Society of America.


En 1911, el mecenas y erudito Archer Milton Huntington (1870-1955) hizo a Joaquín Sorolla un encargo muy especial, que ocuparía los últimos años de la vida del artista: la decoración de la biblioteca de la Hispanic Society of America (actualmente el más importante museo de arte español fuera de España), con una serie de paneles que ilustrasen la diversidad geográfica de España.

Huntington había fundado en 1904 la Hispanic Society of America, en Nueva York, con el fin de reunir en ella su importante colección de arte español. El resultado de este encargo, fue la sala que hoy conocemos con el nombre de “Sorolla”, decorada con catorce paneles de gran formato pintados al óleo (ocupan 200 metros cuadrados). Esta serie, que el pintor empezó a esbozar en 1911, quedó concluida en 1919. Durante los ocho años que duró su ejecución, Sorolla viajó por toda España tomando apuntes y pintando. Años de duro trabajo, penosos viajes por todo el país y un esfuerzo físico y emocional que le dejó muy mermado.
 
Sorolla en esta época es un hombre que, entre los 48 y los 56 años de edad, viaja constantemente y  pinta al aire libre;  sube y baja incontables veces del andamio necesario para alcanzar la altura de los lienzos;  soporta tanto el frío del invierno como el rabioso sol del verano valenciano, que, según afirmaba Blasco Ibáñez:
 

            "todos los años mataba algún trabajador del campo y todavía no ha podido con Sorolla. valeroso soldado de la pintura que, como si fuera una salamandra, se pasa el día entero entre la arena que echa fuego y el cielo que vomita llamas, sin quitasol, porque su sombra podría modificar la visión clara y precisa de la luz y los objetos, sin otro abrigo que la minúscula ala de su sombrero".


Las ausencias se hicieron interminables; Sorolla escribía cada día a Clotilde.

Victor Lorente, nieto del pintor, afirmó que las cartas "de mis abuelos Joaquín Sorolla y Clotilde muestran a dos personas enamoradas y llenas de pasión, y también el dolor de Clotilde cuando tuvo que separarse de su marido, sobre todo cuando Sorolla tuvo que viajar por toda España para cumplir el encargo de la Hispanic Society de Nueva York' y que 'pese al desgarro y la soledad que sentía, Clotilde decidió que Sorolla, más que marido, era pintor". 

Se intercambiaron un total de 601 cartas -escritas entre 1863 y 1923,  casi diariamente, cada vez que se separaban- y repasan una etapa de crecimiento para el artista como hombre y como pintor. En ellas, se aprecia su amor al trabajo y a su familia, y son también una fuente documental muy importante para datar numerosos cuadros.

Otros paneles alusivos a las tradiciones españolas relacionadas con la alimentación:



Cataluña. El pescado 1915


 
Extremadura. El mercado 1917




Ayamonte. La pesca del atún 1919. Hispanic Society of America



Es un panel de casi cinco metros de longitud con una íntima relación entre el paisaje y las figuras de los pescadores. Se suma el rojo de la sangre de los pescados y el conjunto de brochazos grandes, entre los que vuelve a resaltar el brillo del blanco, color tan característico en su obra.

Esta pintura de Sorolla es una genialidad. La escena principal describe el almacenamiento de atunes recién pescados en la almadraba. El momento elegido, muestra tres hombres en el centro que arrastran un atún gigante para colocarlo ordenadamente
junto a otros trece que ya reposan alineados en el suelo; en una plataforma inferior, que es el muelle al que accede la barcaza, hay nuevos atunes de los que se ocupan un grupo de hombres. Amarradas al puerto están varias barcazas más, mientras otras, un vapor y dos veleros, circulan por el río.

Las diecisiete figuras humanas que aparecen en el cuadro, se mueven en una superficie  con un "fondo" que adquiere un protagonismo semejante al de las personas: el río Guadiana se extiende plácidamente, luminoso, brillante con sus reflejos blancos producidos por el sol en la superficie; encima del río, aparece el cielo, amarillento, como reflejo visual de todo.

El 29 de junio de 1919 comunica, primero a Clotilde y después al rey Alfonso XIII, que ha con­cluido la obra. El monarca, al que ha retratado tantas veces, incluso en cacerías invernales en las que ambos chapoteaban en el barro que les llegaba a las rodillas, responde ese mismo día con un telegrama:

                "Sea en­horabuena por haber termina­do su colosal obra, que segura­mente será admirada por las generaciones futuras como la fo­tografía pintada de la España del siglo XX antes del salto hacia arriba que seguramente dare­mos. Un abrazo. Alfonso Rey".




Clotilde y Joaquín en 1923

Sorolla, ya enfermo, acabado como pintor, pero siempre acompañado de la mujer que ama; le cuidó con devoción hasta el final, un hombre - como deja escrito Clotilde en una de sus cartas- tan completamente mío:

             «Mi querido Joaquín. He leído y releído la tuya de hoy que por todas partes rebosa cariño y me hace ser muy dichosa, pues, aunque yo por ti siento el mismo cariño, no por eso deja de asombrarme siempre y hasta algunas veces asustarme el que teniendo yo tan pocos atractivos y valiendo tú tanto por todos conceptos, sientas por mí esa pasión y seas un hombre tan completamente mío».

Y como le escribió Sorolla:
 
"Ya te he contado mi vida de hoy, es monótona, pero qué hacerle, siempre te digo lo mismo, pintar y amarte, eso es todo. ¿Te parece poco?"
 
De los cuarenta años que separan al estudiante del enfermo hemi­pléjico e incapacitado para pin­tar, veinte pertenecen a su producción de madurez; se cuentan más de 15.000 obras salidas de sus manos.

Joaquín Sorolla, el pintor de la luz, decía: "Yo pinto siempre con los ojos".

No cabe ninguna duda.





 

jueves, 19 de julio de 2012

Humor en la cocina



Dos hermanos gemelos  mantienen una animada conversación en la cocina, con lenguaje de bebés, de lo más normal...



Y... hablando de niños, nada que ver con la cocina, pero me ha parecido muy simpático...






 Muy propio de las madres...






martes, 17 de julio de 2012

Si a veces silencioso





Muchacha en blanco.  Edmund Tarbell


Si a veces silencioso y pensativo
a tu lado me ves, querida mía,
es porque hallo en tus ojos la armonía
de un lenguaje tan dulce y expresivo.

Y eres tan mía entonces, que me privo
hasta de oír tu voz, porque creería
que rompiendo el silencio desunía
mi ser del tuyo, cuando en tu alma vivo.

¡Y estás tan bella, mi placer es tanto,
es tan completo cuando así te miro,
siento en mi corazón tan dulce encanto,

que me parece, a veces, que en ti admiro
una visión celeste, un sueño santo
que va a desvanecerse si respiro!

Guillermo Blest Gana (1829-1905)





jueves, 12 de julio de 2012

Un salmo para cada día...






Vu Cong Dien



Todos los meses recibo en mi casa la Revista El Santo, una publicación de pequeño formato realizada por la Orden de los Frailes Menores Capuchinos y que trata con claridad y solidez todos los temas religiosos, culturales y sociales, con un enfoque cristiano. La Revista no tiene otros fondos más que los que provienen de sus suscriptores y hace mucho bien en todos los hogares.

En la entrega correspondiente al mes de marzo (nº 784), leí este artículo, El fuego de la fe, que me gustaría compartir.

Comienza así:

"Para saber si uno cree en Dios, yo le preguntaría si cree en la verdad. Como la verdad, la fe se manifiesta, se impone en el calor de la palabra".
(Balmes)



Una cosa es conocer nuestro Credo cristiano y otra es conocer por experiencia a Cristo. Quien no tiene experiencia de Cristo no es creyente en profundidad.
La fe es más que un mero conocer teórico. El teólogo canadiense B. Lonergan ha subrayado que "creer es estar enamorado de Dios", y manifestarlo. Los místicos de todos los tiempos han accedido a Dios a través del amor. Para san Francisco de Asís, uno de los grandes místicos de la historia, "la suprema aspiración era imitar con toda perfección...y fervor de corazón, los pasos y doctrina de Jesucristo" (1 Cel 84). El alma de san Francisco era un maraviloso fuego de amor.


Continúa con este relato:

El sacerdote y el actor

 
Al final de una cena en un castillo inglés, un famoso actor de teatro entretenía a los huéspedes declamando textos de Shakespeare. Después de acabar la actuación, se ofreció a que le pidieran una última escena. Un tímido sacerdote preguntó al actor si conocía el salmo 22. El actor respondió: "Sí, lo conozco, pero estoy dispuesto a recitarlo solo con una condición: que después lo recite usted".
El sacerdote se sintió incómodo, pero accedió. El actor hizo una bellísima interpretación con una dicción perfecta: "El Señor es mi pastor, nada me falta..." Al final, los huéspedes aplaudieron vivamente.
Llegó el turno al sacerdote, que se levantó y recitó las mismas palabras del salmo. Esta vez, cuando terminó, no hubo aplausos, sólo un profundo silencio y el inicio de lágrimas de algún rostro. El actor se mantuvo en silencio unos instantes, después se levantó y dijo: "Señoras y señores, espero que se hayan dado cuenta de lo que ha sucedido esta noche: yo conocía el salmo, pero este hombre conoce al Pastor".
Este bello relato lo muestra Mª José Arana en su libro Dios expone parábolas a los hombres...en él vemos una fe que va más allá de la proclamación de un credo. Es una fe amorosa. Es una fe grande en Cristo. Es una fe que desborda amor y por eso precisamente es más fe. Es la auténtica fe, la fe de tantas almas sencillas, anónimas de todos los tiempos, también del nuestro.

Fr. Jesús Lucas Rodríguez García



Dedicado especialmente al blog Un salmo para el Camino por su callado y constante testimonio diario de los salmos. La imagen que encabeza el texto la he tomado de su blog. Siempre nos ofrece pinturas preciosas.
Gracias, Clarissa.
 
 
 
 
 


domingo, 1 de julio de 2012

Para el verano




Un poco tarde, pero ¡¡¡bienvenido verano!!!
Me  encantan estos vídeos.




Callos a la leonesa

 
 
 



Callos a la leonesa al estilo de mi abuela y de mi madre.

 

Ingredientes para la preparación

1 kg de callos de ternera, 1 pata de ternera o novilla, 1/2 cebolla (para el guiso, y dos más para la cocción), 2 dientes de ajo, 1 cucharada sopera de harina, pimentón de la Vera, miga de pan, 2 hojas de laurel, guindilla, sal y aceite de oliva virgen.
 
 
Limpieza de los callos y la pata

Se dejan limpiar con sal y vinagre durante, aproximadamente, media hora. Se aclaran con agua. En una cazuela con agua y sal, se añaden una cebolla entera y 2 hojas de laurel. Se pone a cocer y, cuando rompa a hervir, se cambia el agua  y añadimos cebolla y otras 2 hojas de laurel.
Se deja cocer 2 horas y media en una cazuela normal (esto lo hacía mi abuela), o bien 3/4 de hora en una olla exprés. Cortamos los callos. Se reserva el caldo de cocción.
 
 
Preparación

Cazuela con aceite (en cazuela de barro de Pereruela quedan mucho mejor), media cebolla, 2 dientes de ajo y un trozo de miga de pan. Se pocha todo.
Una vez pochado, se retiran la cebolla, los ajos y el pan y se majan en el mortero. Se añade al aceite  una cucharada sopera de harina, removemos el conjunto, y  otra de pimentón. Mezclamos todo. A continuación, añadimos el majado del mortero y el caldo reservado de la cocción de los callos. Se da un hervor. Añadimos los callos y la pata, previamente cortados, y salamos, si es necesario. Añadimos guindilla (picantes están más ricos) y unas rodajas de chorizo fresco. Lo dejamos 10 minutos para mezclar los sabores.
 
¡Listos!

 
 



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